Evangelio 2018

Lunes de la 5ª semana de Cuaresma – Espiritualidad digital

Viejos y ancianos

No significa lo mismo, en español, «viejo» que «anciano».

En el «viejo», el tiempo ha producido un deterioro. De hecho, esta palabra no se aplica sólo a personas. Hay muebles viejos, películas viejas, árboles viejos y viejos trucos que ya no engañan a nadie.

En el «anciano», sin embargo, el tiempo ha producido el efecto contrario: la acumulación de experiencias le ha dotado de sabiduría. Sólo el hombre es «anciano».

En la Escritura, más que el tiempo, es el pecado el que envejece y corrompe a los hombres. San Pablo habla del «hombre viejo» para referirse al pecador decrépito que llevamos dentro. También la ancianidad, en la Escritura, escapa del tiempo; es la sabiduría divina la que convierte al hombre en anciano. Siendo niño, Daniel fue nombrado anciano. Y el presbítero, aunque tenga veinticuatro años, es ya anciano.

Cuando Jesús invita a arrojar la primera piedra sobre la mujer adúltera a quien se encuentre libre de pecado, los acusadores se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Ya se ve que la edad los había tratado mal.

Tú no envejezcas nunca. Mantente joven en la presencia de Dios. Pero te deseo que llegues a anciano cuanto antes.

(TC05L)

Esa luz que parece sombra

luz   Es fascinante cómo algunas de las frases de Jesús tienen apariencia de mentira. No es que lo sean; es que, para entenderlas, hay que llevarlas a la altura en que fueron pronunciadas. A ras del suelo, donde sólo los sentidos ven y tocan, la realidad parece protestar.

   El que me sigue no camina en tinieblas… Hambre, sed, sueño, cansancio, ingratitud, desprecio… Tal ha sido la herencia de los santos en esta vida. ¡Si hasta el mismo sol se ocultó cuando Cristo fue elevado! Cualquiera que haya intentado dar dos pasos seguidos hacia la cima del Calvario sabe que es el camino más oscuro y sombrío de la Tierra. La misma fe no es sino tinieblas, porque al ojo se le niega el resplandor de Aquél en quien cree el alma.

   Sin embargo, cuando se pierde el miedo a esa primera oscuridad, y el alma se adentra en la noche, ya muertos los sentidos corporales, abre la fe sus ojos y queda deslumbrada con una claridad suavísima que brota de la Cruz. Descubres entonces que lo que te había parecido luz eran tinieblas, y que quien ama al Señor no camina entre sombras, sino que tendrá la luz de la vida.

(TC05LC)

Las manos del sacerdote

sacerdote   A Nicodemo le dijo Jesús que Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él (Jn 3, 17). Volverá Jesús un día, y entonces juzgará a vivos y muertos. Pero, hasta que ese día llegue, la mano llagada del Señor permanece tendida en la Cruz para que el pecador encuentre misericordia.

   Es la misma mano que, ante la mujer adúltera, escribía con el dedo en el suelo. Y no era una sentencia lo que escribía, sino un alegato de defensa.

   Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más. Es, también, la misma mano del sacerdote que imparte sobre tus pecados la absolución sacramental. No olvides que el sacerdote lleva las manos de Cristo. Son manos llagadas que perdonan pecados y sanan heridas. Hace tiempo que dejo de ser costumbre besar las manos del sacerdote; pero aquella práctica estaba llena de sentido. Yo beso a menudo mis manos, porque ni son mías ni soy digno de ellas. Y quedo sobrecogido cuando veo derramarse a través de ellas toda la misericordia de Dios.

   Aprovecha esas manos sacerdotales. Acude ahora a impetrar misericordia. Aún es tiempo de perdón.

(TC05L)

El dedo de Jesús sobre la tierra

misericordia    Os diré lo que hacía Jesús mientras -según nos narra san Juan- inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Pasaba Jesús su dedo sobre las piedras, y, al acariciarlas, las deshacía hasta dejarlas convertidas en arena.

    El que esté sin pecado, que tire la primera piedra. De las personas allí congregadas, era Él el único que estaba sin pecado. Por eso se inclinaba, y acercaba su mano a la tierra. Pero, al tocar las piedras, en lugar de tomarlas para arrojarlas sobre la mujer adúltera, las deshacía. No había venido a juzgar, sino a salvar al hombre.

    Por eso nos acercamos confiados al sacramento del Perdón. Sabemos que, por nuestros pecados, merecemos condena. Pero también sabemos que el Señor sigue pulverizando las piedras y escribiendo misericordia en la Tierra con el punzón de su Cruz. Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante, no peques más.

     ¿Cómo puede un indultado arrojar piedras sobre un culpable como él? No lo sé… Sé que seguimos haciéndolo. Que, a pesar de haber hallado misericordia en Cristo, seguimos juzgando y condenando a los demás. Quizá debiéramos permitir a Jesús pasar su dedo sobre la piedra más dura de todas: la de nuestros corazones.

(TC05L)