Por qué no lo llamamos Pepe
Lo de los «Pepes» ya sabéis de dónde viene. Antiguamente, en los escritos espirituales, junto al nombre de José se añadían, entre paréntesis, las siglas «p.p.», que nada tenían que ver con la política española, sino con las palabras «padre putativo». Suena fatal, era una forma de dejar claro que José era padre de Jesús «según pensaban».
Menos mal que desaparecieron las siglas, aunque lo de los Pepes permanezca. Porque, aun siendo verdad que José no intervino en la concepción virginal del Hijo de Dios, el santo patriarca no fue padre meramente «putativo» de Jesús. Fue verdadero padre. Educó al Niño Dios, le dio todo el amor y la protección que un buen padre da a su hijo, y Jesús lo llamó «abbá», papá, como todos los niños llamaban a sus padres.
Por eso es también padre nuestro. Porque somos miembros de Cristo. Y no nos dirigimos a él diciendo: «José, padre putativo mío», sino «San José, mi padre y señor». Por eso tampoco lo llamamos Pepe.
Encomiéndate a él. Pídele protección y auxilio. Porque, como sucede con la Virgen, estar cerca de José es estar cerca de Jesús. Dile, como un niño asustado a su papá: «No me sueltes».
(1903)











