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Espiritualidad digital – Página 51 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

¿Y no te duele?

No puedo creer en un cristianismo que no duela. Ni en una iglesia que sea lo más parecido a una sauna o un club termal al que acude la gente a relajarse. Creo firmemente en la Cruz de Cristo. Y sé que hay en ella gozos inefables y dulzuras celestiales. Pero también fuertes dolores; dolores dulces, dolores de Amor, que llenan de ternura el alma a la vez que taladran el corazón. No puedo creer en un cristianismo en cuyo centro no esté la Cruz.

Acudes al templo a rezar y tienes tus delicias en el sagrario, pero no te quema por dentro del dolor de tantas almas que no creen… Hablas de las maravillas de tu comunidad cristiana, pero no ves más allá de ese grupo, no lloras por tantas ovejas perdidas, y no estás dispuesto incluso a morir por anunciarles a Jesucristo.

¡Y no queréis venir a mí para tener vida! Está llorando Jesús. Llora desde la Cruz, porque ha abierto una fuente de agua limpia y los hombres no quieren acudir a beber.

Me alegro de que estés compartiendo las dulzuras del Amor de Cristo. Pero, si no compartes también sus dolores, aún no puedes llamarte cristiano.

(TC04J)

Quienes duermen en el mismo colchón…

Dice un refrán que «quienes duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma condición». En el caso de los matrimonios, eso está aún por demostrar. Algunos discuten hasta en el colchón. En otros se cumple, y la convivencia hace que se acaben identificando el uno con el otro hasta ser realmente uno. Pero hay un cochón en el que siempre se cumple el refrán.

Es el colchón más duro y, a la vez, más dulce de la tierra. En él se durmió el Señor entregando su Espíritu al Padre, y en él descansó de todas sus fatigas con los brazos abiertos, como esperando a quien con Él lo compartiese. A san Pablo, por ejemplo: Estoy crucificado con Cristo (Gál 2, 19). Nadie puede entender que la Cruz sea descanso salvo quien, como el Apóstol, se recuesta en ella enamorado.

El Hijo no puede hacer nada por su cuenta sino lo que viere hacer al Padre. Quien medita enamorado la Pasión de Cristo se recuesta con Él en la Cruz. Y de tal manera se identifica con los sentimientos de su corazón abierto, que ya sólo hace lo que ve hacer al Crucificado: perdona, se entrega, obedece y ama.

(TC04X)

Por ellos me santifico

Ayer hablábamos de los padres que piden por sus hijos, y me ha venido hoy a la memoria el recuerdo de una mujer. Se acercó a preguntarme si podía comulgar por su hijo; quería recibir la comunión dos veces, una por ella y otra por él. Tuve que responderle que aquello no era posible, que la comunión requiere un acto personal de amor.

Dije verdad. Pero también es verdad que Cristo ha muerto por mí, ha muerto para que mi muerte, unida a la suya, me llevase al cielo. Por ellos me santifico, para que sean santificados (Jn 17, 19).

Aquel día era sábado. No es casual que fuera en sábado cuando Jesús sanó a aquel paralítico que no podía sumergirse por sí mismo en las aguas de la piscina de Betesda. Porque fue, precisamente, en sábado cuando Jesús, sepultado en el jardín de José de Arimatea, se sumergió en las aguas de la muerte. «¿Tú no puedes bañarte en la piscina? Yo me bañaré en la muerte por ti, para que vivas».

No puedes comulgar por tus hijos, ni por tus amigos. Pero sí puedes santificarte por ellos. Une la entrega de tu vida al sacrificio de la Cruz.

(TC04M)

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