La primera comunión de la Historia
Es gracioso (porque es gracia) cómo se solapan los ciclos litúrgicos. Sumergidos, como estamos, en lo más profundo de la Cuaresma, se abre hoy un paréntesis y comienza la cuenta atrás para la Navidad. Nueve meses a partir de hoy. Porque hoy, a través del anuncio del ángel, siembra Dios en las purísimas entrañas de María, la tierra buena, la semilla de su Hijo encarnado.
He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. No cabe más docilidad. Dieciséis siglos después, esas palabras virginales encontrarían eco en los versos de santa Teresa de Jesús: «Vuestra soy, para Vos nací. ¿Qué mandáis hacer de mí?»
Es la primera comunión de la Historia. El mismo cuerpo que cada día comulgamos fue recibido en las entrañas de la Virgen. Ella fue el primer sagrario. Podríamos saludar al Hijo de Dios con una reverente genuflexión ante santa María encinta. Hoy quiero yo hacer esa genuflexión.
Pero no olvidemos que también en nosotros siembra Dios su semilla, su palabra pronunciada y escuchada cada día. Acojámosla con la misma devoción con que acogió la Virgen en su seno al Hijo de Dios. Y también nosotros, salvadas todas las distancias, seremos madre de Cristo.
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