Desde la Cruz te está llamando
Amar a Dios cuando estamos de rodillas ante un sagrario es facilísimo. Amar a Dios cuando estoy comenzando a cenar y un parroquiano toca el timbre para decirme que su madre necesita urgentemente los sacramentos es otro cantar. No es lo mismo rezar arrodillado que meter la cena en el horno y ponerme el abrigo para visitar a una enferma.
Todo el discurso de Jesús sobre el juicio gira en torno a dos mandatos: Venid vosotros, benditos de mi Padre… Apartaos de mí, malditos… Y ese mandato pasa por la Cruz tanto como por el sagrario. Si escucho ese «venid» de labios del crucificado, iré y lo abrazaré en el prójimo que sufre: Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estuve enfermo y me visitasteis. Pero si huyo de la Cruz, en el sufrimiento del prójimo escucharé el «apartaos», reproducido en esa voz interior que me dice: «Apártate, o éste te quitará la vida». Y me apartaré. Tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, estuve enfermo y no me visitasteis.
Porque, al final, todo el juicio se resuelve en la mirada a la Cruz.
(TC01L)











