Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

14 febrero, 2026 – Espiritualidad digital

«Pero yo os digo…»

Te muestro algo que jamás debería salir de labios de un predicador: «Ya sé que la Iglesia dice… pero yo os digo…». Un predicador que hablase así no debería ser escuchado por los fieles, porque ya no habla en nombre de la Iglesia, sino en el suyo propio.

Pero Jesús hizo exactamente eso. Y lo hizo porque es Dios. Y lo hizo bien; sólo Él podía haberlo hecho. Brotado de sus labios, el «pero yo os digo» es sobrecogedor. Es el anuncio de una nueva era:

Habéis oído que se dijo a los antiguos: «No matarás». Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Habéis oído que se dijo: «No cometerás adulterio». Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. Habéis oído que se dijo a los antiguos: «No jurarás en falso». Pero yo os digo que no juréis en absoluto.

Es impresionante. Es el mismo cielo bajando a la tierra y anunciando su entrada en nuestros corazones para que pasemos, de cumplir la Ley, a enamorarnos de Dios y entregarle, no nuestras obras, sino nuestra vida.

(TOA06)

El reino de Dios entrando en un despacho

Imagínate que entro en el supermercado provisto de un megáfono, me subo al congelador de los guisantes, y grito desde allí: «¡El reino de Dios ha llegado a vosotros!». ¿Cómo me mirarían los que están haciendo la compra? ¿Cuánto tardaría el encargado del supermercado en llamar a algún vigilante para que me sacara de ahí? Eso si no se rompe el cristal del congelador y quedo sepultado entre bolsas de guisantes con megáfono y todo, claro.

Si entráis en una ciudad y os reciben, decidles: «El reino de Dios ha llegado a vosotros».

El reino de Dios puede anunciarse a grito pelado, desde luego. Los apóstoles lo hicieron en Pentecostés, y el Espíritu bendijo su predicación con abundancia de bautismos. Pero hay más formas.

Lunes por la mañana en un despacho de abogados. Nadie habla apenas, todos visten cara de lunes. Hasta que entra un joven abogado sonriendo, dando a cada uno los buenos días y preguntando a uno de ellos por su madre enferma. El jefe le pregunta: «¿Qué desayunas los lunes, para venir así?». Él responde: «Es que vengo de misa». El reino de Dios ha llegado a vosotros. El lunes siguiente, el jefe está también en misa.

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