Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Tiempo Ordinario (ciclo par) – Página 9 – Espiritualidad digital

El callejero y el libro de la Vida

En ocasiones hay que elegir entre merecer que pongan tu nombre a una calle o merecer que escriban tu nombre en el libro de la Vida. ¿A quién quieres agradar, a los hombres o a Dios? Ya, ya sé… Si pudieras, elegirías agradar a Dios y agradar también a los hombres; llegar al cielo habiendo recorrido en la tierra un pasillo de aplausos. Pero eso no es posible. Tienes que elegir. Muchos santos han pasado en este mundo por idiotas. Y también hay idiotas que han sido tenidos por santos mientras les duró el engaño.

Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Ésa es la diferencia.

Para que pongan tu nombre a una calle, debes cuidar tu imagen pública. Peina bien tus redes sociales, encárgate de que conozcan lo mejor de ti (aunque tengas que inventarte alguna cosa). No sé si decirte que te deseo suerte, no estoy seguro…

Para que tu nombre esté escrito en el libro de la Vida, ni siquiera hace falta que te canonicen. Cuida lo escondido. Una genuflexión cuando nadie te ve, un beso al crucifijo de tu dormitorio, una limosna sin remitente… Y que los hombres digan de ti lo que quieran.

(TOP11X)

El whisky no calma la sed

Una fuente que mana agua limpia día y noche es un regalo del cielo. Pero no es garantía de que nadie morirá de sed. Es preciso que los hombres se acerquen a ella y beban. Me he acordado de la película de John Ford «Los tres padrinos». Un vaquero idiota decide cruzar el desierto con la cantimplora llena de whisky. Tarde se dio cuenta de que el whisky no calma la sed.

Dios hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Pero no muestra su intimidad a cualquiera. Eso lo reserva sólo para sus elegidos. Tampoco el sol broncea a cualquiera, sino a quien pasa tiempo expuesto a él. Ni la lluvia hace fértiles todos los campos, sino los de aquéllos que sembraron.

Despertad. No os adormiléis pensando que la bondad infinita de Dios es garantía de salvación eterna. El que Dios sea bueno no supone necesariamente que nosotros seamos santos. Para ello debemos acercarnos a Él, dedicar tiempo a la oración, beber en la fuente de los sacramentos, y dejarnos amar por Él, hasta que se cumplan en nosotros las palabras del Señor: Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.

(TOI11M)

Muertos que sonríen

En algunas de sus declaraciones, el Sermón de la Montaña es un disparate para el mundo. ¿Cómo se puede pedir a un hombre que se comporte así?

Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto.

Semejantes consejos van mucho más allá de lo exigible, incluso de lo posible. Y, sin embargo…

En el capítulo 16 de los Hechos se cuenta cómo Pablo y Silas, después de haber sido molidos a palos, estaban cantando en la cárcel. ¡Qué locura! Y cuando las puertas de la celda se abrieron, en lugar de emprenderla contra el carcelero, lo bautizaron a él y a su familia. ¿Quién hace eso?

Que lo explique Pablo: Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios (Col 3, 2-3). La clave es ese «Habéis muerto». Sólo un cadáver se deja abofetear y despojar así. Y eso hacemos: entregamos al mundo nuestro cadáver para que lo entierre mientras nosotros, en lo profundo del alma, gozamos de Dios. Y el mundo no puede entender cómo nos ve tan felices.

(TOP11L)

Una justicia mayor

Un latinajo: «Ius suum quique tribuere». La justicia consiste en dar a cada uno su derecho, es decir, lo que le corresponde. Y, por lo tanto, a aquél que me ha tratado mal yo le daré lo suyo. Se va a enterar…

Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.

Hay otra justicia. Una justicia mayor. Es la justicia con la que Cristo, a quienes éramos malvados e injustos, nos ha hecho justos.

Desde lo alto de la Cruz, no gritó a su Padre: «Dales lo que se merecen», sino que pidió perdón para sus verdugos. Y, en lugar de darnos «lo nuestro», lo que merecíamos, nos dio lo suyo, su sangre y su Espíritu que han limpiado nuestras culpas y nos han convertido en hijos de Dios.

Y ahora, redimidos por la sangre de Cristo y santificados por su Espíritu, Dios nos da lo que merecemos. Como hijos de Dios, merecemos el cielo, merecemos ser alimentados con el cuerpo de Cristo, merecemos ser tratados como reyes.

¡Ésa es la justicia mayor a la de los escribas! La de quien quiere redimir al pecador y hacerlo justo.

(TOP10J)

Gente cumplidora y hombres felices

Me he acordado del joven rico. Según sus palabras, desde pequeño había cumplido la Ley. Pero hoy, leyendo las palabras de Jesús, vemos que no le basta a Dios con que cumplamos su Ley. Es preciso, también, anunciarla a los hombres.

Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.

¿Quiere eso decir que nos convirtamos todos en maestros y vayamos por el mundo impartiendo catequesis sobre la Ley de Dios? No estaría mal, desde luego, el mundo está muy necesitado de una buena catequesis. Pero no todos los cristianos están llamados a ser catequistas. Sin embargo, todos estamos llamados a ser apóstoles.

Debemos mostrar a los hombres, con nuestras vidas, que el cumplimiento de la voluntad de Dios nos hace realmente felices. Nuestro mundo no necesita ver cumplidores, para eso ya se están fabricando robots.

«Mira, éste va a misa todos los días, se confiesa y reza el rosario»… Eso no es envidiable. Algunos responderían: «¡Pobrecito!»

«Mira, éste es el hombre más feliz que he visto en mi vida». Entonces la respuesta es: «¿Cómo lo consigue?» «Va a misa, se confiesa, reza el rosario. Ama a Dios, y ese Amor le ha hecho feliz».

(TOP10X)

Parezco un cura, y no molo nada

El elogio más raro que he escuchado en toda mi vida me lo dijo una pareja de novios hablando del sacerdote que iba a presidir su boda: «Nos encanta este cura, nos cae muy bien, no parece un cura». ¡Tierra, trágame! Cuando les pregunté: «¿Y eso?», su respuesta fue una mezcla entre Sócrates y Aristóteles: «Es muy molón». El día de la boda me di cuenta de que, efectivamente, aquel hombre no parecía un cura. Pero tampoco aquello parecía una boda. En fin…

No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.

Yo no molo nada. Y me gusta parecer un cura, porque lo soy. Y no creo que el don que Dios me ha dado tenga que tenerlo guardado como la última carta del mazo para, después de haberme mostrado molón, sacarla y decir: «¡Tatachán, sorpresa, soy cura! ¿A que no lo imaginabais?»

Yo llevo alzacuellos, pero vosotros no necesitáis aparatosos signos externos. Pareced lo que sois: seglares. Y dejad que vuestra fe se note en vuestra alegría, vuestro cariño a todos, y en que habláis de Dios con la naturalidad con que otros hablan de fútbol. No hace falta que seáis molones; sed santos.

(TOP10M)

Limitaciones de la IA

Si yo pidiera a la inteligencia artificial que me resumiera las bienaventuranzas, me diría… No quiero saberlo. Porque, dijera lo que dijera, mentiría. Incluso aunque dijese la verdad, esa verdad sería la correspondiente a una millonésima parte del discurso: la accesible a la inteligencia. Pero el discurso va dirigido más al alma que a la inteligencia, y la IA no tiene alma.

Yo tengo alma. Y –modestia aparte– mi alma resume mucho mejor que todos los artefactos, porque en ella queda impresa una verdad sencilla y llena de vida.

Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bien­aventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra

En resumen: Bienaventurados los que no necesitan sino a Dios.

Porque si necesitas riquezas, necesitas defenderte, necesitas pasarlo bien, necesitas vengarte o necesitas prestigio, los bienes de este mundo –salud, dinero y amor– te fallarán y serás un desgraciado. Pero si no necesitas sino a Dios, y teniéndolo a Él te ves capaz de prescindir de todo lo demás, Dios no te fallará nunca.

Y, luego, que la IA diga lo que le venga en gana. Es un algoritmo frío. En lo que yo te escribo hay alma.

(TOP10L)

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