Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Tiempo Ordinario (ciclo par) – Página 7 – Espiritualidad digital

Dos cosas que Pedro no sabía

A Simón Pedro le han llegado al alma las palabras de Jesús, según las cuales le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de los cielos.

Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.

En otras palabras, quiere seguridades: «Nosotros somos pobres, lo hemos dejado todo por Ti. ¿Podremos nosotros entrar en el reino de los cielos?»

Quizá no era consciente de que ya había entrado en ese reino. Vivir junto a Jesús es vivir en el cielo, como vivir sin Él es sufrir el infierno. Me comentaba una persona que se había sorprendido al ser consciente de que Jesús estaba a su lado, viendo con ella una serie de TV. Eso es estar viendo la televisión desde el cielo.

Y tampoco era consciente Simón de que, durante esta vida, jamás debes decir: «¡Ya está!». Nunca está. Hoy lo has dejado todo. Mañana querrás recuperarlo y negarás tres veces a Jesús. Y sólo con lágrimas podrás salir de ese infierno.

Hasta que no hayas entregado al Señor todos los días que te restan de vida, no te atrevas a decir: «¡Ya está!»

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Cuando acabemos de comprender…

A veces, es como si Jesús y los apóstoles estuvieran en mundos distintos. Tanto, que no hubiera comunicación posible. Jesús les habla del cielo, y ellos piensan en la tierra. Jesús les dice: Evitad la levadura de los fariseos y de Herodes, y los apóstoles discutían entre ellos sobre el hecho de que no tenían panes.

Entonces Jesús se enfada. Sí, sí, se enfada. Jesús también se enfada. Perfecto Dios y perfecto hombre. Perfecta paciencia (no como la nuestra) y enfados perfectos (no como los nuestros).

¿Aún no entendéis ni comprendéis? ¿Tenéis el corazón embotado? ¿Tenéis ojos y no veis, tenéis oídos y no oís?

Perdónanos, Señor. Tenemos el corazón tan embotado, tan metido en el bote de las tribulaciones de esta vida, que no acabamos de levantar la vista para buscar tan sólo el reino de los cielos y dejarnos cuidar por ti en las urgencias de la tierra.

¿Y no acabáis de comprender? Ése es el problema: que vamos entendiendo, pero no acabamos de comprender. Vamos poquito a poco, te escuchamos y, cada vez, vamos entendiendo más, pero nunca acabamos de comprender.

Cuando acabemos de comprender, nos sumergiremos en un profundo silencio del que no querremos salir jamás.

(TOP06M)

La gran señal

muerte«¡Convénzame, padre!» Es el grito de quienes no se fían. Quieren verlo tan claro que no les quede más remedio que creer. Un 2+2=4, pero en lo espiritual. Y no se dan cuenta de que, aunque tuviesen delante la pizarra con su 2+2=4, aunque vieran caer las estrellas del cielo a una orden del profeta, tampoco creerían. Porque el problema está en sus ojos. O en sus oídos.

Para ponerlo a prueba, le pidieron un signo del cielo. Querían que Dios les robase la libertad, que los secuestrara con una señal atronadora, con «la gran señal».

Pero la gran señal, la señal del cristiano, es la santa Cruz. No es el ruido, sino el silencio. No la luz cegadora, sino la noche callada.

¿No te das cuenta de que las grandes realidades, los grandes amores, las grandes verdades no caben en palabras, ni existe grito que las pueda expresar? Sólo pueden transmitirse con silencios, silencios que hablan más que cualquier palabra. ¿Existe algún poema que pueda reflejar lo que se dicen dos enamorados cuando se miran en silencio a los ojos?

Dichoso quien sepa escuchar los silencios de Dios. Dichosos quienes abran el corazón a la gran señal, la Cruz.

(TOP06L)

Que hable el mudo, y callen los charlatanes

Tiene gracia. Al que no puede hablar, le pide Jesús que hable. Y a los que pueden hablar, les pide que se callen.

Le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar. Ni puede escuchar la palabra de Dios, ni puede proclamar sus grandezas. Por eso Jesús le dice: «Effetá» (esto es, «ábrete»). Estás cerrado, te has aislado en ti mismo, sólo vives para ti. ¿Cómo tendrás noticia de que Dios te ama, si no escuchas a quien te lo anuncia? ¿Cómo serás luz para otros, si no les entregas palabras de vida? ¡Ábrete! Escucha, deja que el corazón se llene de gozo, y proclama tu alegría a tus hermanos.

Él les mandó que no lo dijeran a nadie. Estáis alborotados porque habéis visto un milagro. Pero no habéis entendido lo que ese milagro significa. Os habéis quedado con la apariencia, con el entusiasmo de un sordo que oye y un mudo que habla. Callad vosotros, recogeos en oración y meditad ante Dios lo que habéis visto. Entonces abriré vuestros oídos para que escuchéis la palabra oculta en el milagro. Que no he venido a sanar cuerpos, sino almas. Cuando lo hayáis entendido, abriré vuestros labios para que lo proclaméis.

(TOP05V)

Cuerpo a cuerpo

Me fascina ese relato del Génesis en que Dios lucha a brazo partido con Jacob durante toda la noche. Me recuerda a la mítica pelea entre Gregory Peck y Charlton Heston en «Horizontes de grandeza». Al amanecer, Dios se dejó vencer. Pero, entonces, ¿por qué luchó? ¿No podía haberle bendecido sin necesidad de aquel violento cuerpo a cuerpo?

Deja que se sacien primero los hijos. No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos. Mira cómo Jesús forcejea con esta mujer pagana. Él sabe que se dejará vencer, y que finalmente le dará cuanto ella le pide. ¿Por qué, entonces, humillarla de esta forma, por qué someterla a esa tensión?

Señor, pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños. Ella quería que Jesús echase al demonio de su hija. Pero Jesús quería darle más de lo que pedía. No sólo sanaría a la pequeña, sino que también a ella, a la madre, deseaba favorecerla, llevarla por caminos de humildad y convertirla en profeta.

No te desalientes cuando te parezca que Jesús no escucha. Persevera, pide con humildad, lucha cariñosamente con Él, y recibirás más de lo que pides.

(TOP05J)

Los «sinceros»

Es sorprendente cómo algunas personas se las apañan para pecar y, después de haber pecado, ponerse medallas como si fueran héroes. Se te enfada un tipo –o una tipa–, te suelta por la boca todo tipo de insultos e improperios y, cuando se ha quedado a gusto, va y encima se ufana: «Es que yo soy muy sincero, digo lo que llevo dentro».

Lo que tú eres es un… Vale, no lo digo, que yo no soy tan «sincero». Pero, ya puestos, déjame decirte que sincero es el que dice la verdad, no el que te vomita encima toda su bilis. Tienes razón en que dices lo que llevas dentro. Pero dentro no tienes verdades, tienes sapos y culebras.

De dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad… Echarle todo eso encima al prójimo no es, precisamente, sinceridad.

Te diré lo que es sinceridad y caridad: Hablar, no según tu corazón sucio y herido, sino según el corazón de Cristo, la Verdad misma. Y entonces, en lugar de sapos y culebras, de tu boca saldrán palabras de misericordia, de amor, de consuelo y de paz.

(TOP05X)

Como rezabas de niño

¿Cuántos de vosotros, que aprendisteis de niños el «Jesusito de mi vida», lo seguís rezando? Y, si no lo rezáis, ¿cómo entraréis en ese Reino de los cielos que es de quienes se hacen como niños?

«Por eso te quiero tanto y te doy mi corazón. Tómalo, tuyo es, mío no».

¡Hay tanta sabiduría en estas palabras, tanta piedad! Porque, al final, ¿qué es lo que quiere Dios de ti? ¿Tus buenas obras, tus oraciones? Tu corazón, nada más. Y nada menos.

Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.

De nada le sirven a Dios las oraciones y las limosnas, si no se las entrega un corazón enamorado. Él mismo entregará a su Padre, sobre la Cruz, un corazón traspasado del que manan, con la sangre y el agua, ríos de Amor a Dios y a los hombres.

Bebe de esas aguas, profesa una tierna devoción al sagrado Corazón de Jesús para que purifique el tuyo. Porque hace ya tiempo que fuiste niño, y tu corazón ha pasado por muchas manos. Creo que incluso se lo llegaste a entregar a un equipo de fútbol. Recupéralo y devuélveselo al Señor. «Tuyo es, mío no».

(TOP05M)

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