Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Tiempo Ordinario (ciclo par) – Página 6 – Espiritualidad digital

Levantando pasiones

Lo más triste que te puede ocurrir es que confieses que eres cristiano y la gente reaccione como si hubieras dicho que te gusta la colombofilia. Es decir, que no reaccione. Que levantes más pasiones diciendo que eres del Atleti que diciendo que amas a Cristo.

Pero la culpa será tuya. ¿Qué cristianismo estás viviendo? La confesión que has hecho no significa nada, porque no ilumina el misterio de tu vida. Quizá tu vida ni siquiera revista misterio alguno.

Llega Jesús a Nazaret y predica en la sinagoga. Todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca. Menos de diez minutos después, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio, con intención de despeñarlo.

Eso es levantar pasiones. Jesús no dejó a nadie indiferente. Se asombraron, lo adoraron, se rebelaron contra Él y lo mataron. Pero nadie se aburrió.

Para empezar, acorta distancias con Cristo, que estás muy cómodo en esa zona de confort. Acércate a Él hasta que te queme. Ámalo apasionadamente. Y vive tu cristianismo con esa pasión. Contágiala a quienes te rodean. Y disponte al martirio.

(TOP22L)

Da luz a mis ojos…

Lo malo no es dormirse; lo malo es dormirse y creer estar despierto, confundir los sueños con la realidad y echarse en manos de los fantasmas de la noche.

Dice el salmo: Da luz a mis ojos para que no me duerma en la muerte, para que no diga mi enemigo: «Le he podido», ni se alegre mi adversario de mi fracaso (Sal 12, 4-5).

El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. Desde nuestro campo de batalla, siempre nos parece que el Esposo tarda. Es cierto, el problema es nuestro; tenemos demasiada prisa. Pero no podemos evitar esa sensación de cansancio unida a la nostalgia. ¿Cuánto tiempo nos tendrás sin verte? ¿No te la estás jugando muy fuerte con nosotros? ¿Cuánto podremos aguantar sin dormirnos, abrazados a la lámpara de la fe, mientras tu rostro permanece oculto?

He ahí el riesgo. Al Señor no lo vemos, pero vemos el televisor, vemos a la persona que nos carga, vemos nuestros problemas, y vemos todos los fantasmas de la noche: la angustia, el miedo, las tinieblas…

Hoy quiero ir más allá de la parábola. En ella, las diez vírgenes se durmieron. Yo no quisiera dormirme en la muerte.

(TOP21V)

La oración y el sueño

Hay quien se acusa de dormirse en la oración. A mí, el que uno se duerma ante un sagrario me parece muy romántico; no hay mejor descanso. Dios da el pan a sus amigos mientras duermen (cf. Sal 126, 2).

Lo malo no es dormirse en la oración. Lo malo es dormirse después de la oración, cuando toda esa piedad debería destilarse en el servicio a Dios y al prójimo. Llegas ante el sagrario, y muy despierto le dices al Señor que lo amas y lo adoras. Pero, en cuanto sales del templo, te echas a dormir y que otros te cubran con la mantita y te traigan después el desayuno. Que lo tuyo es salvarte rezando, no sirviendo.

Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. ¿Quién es el criado fiel y prudente, a quien el señor encarga de dar a la servidumbre la comida a sus horas? Bienaventurado ese criado, si el señor, al llegar, lo encuentra portándose así.

Créeme: mucho mejor quedarse dormido en la oración, quizá a causa del cansancio que conlleva entregar la vida, que pasar una hora arrodillado ante la custodia y después echarse a dormir el sueño del perfecto egoísta.

(TOP21J)

Colmad la medida de vuestros padres

¡Qué contraste tan tremendo! ¡Qué contradicción tan misteriosa! ¿Quién puede sacar vino dulce de uvas amargas, fruto verde del árbol seco?

Atestiguáis en vuestra contra que sois hijos de los que asesinaron a los profetas. ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres!

No cubramos con un velo la crudeza de este grito. Dejemos que su furor nos rasgue las entrañas como un cuchillo de fuego.

Sois hijos de Adán, el padre de Caín, quien mató a su hermano. Sois hijos de una Humanidad que ha asesinado a los enviados con quienes Dios quiso convertiros hacia Él. Pues bien: aquí tenéis al último profeta, al Hijo del Dios vivo ante vosotros. ¡Colmad la medida de vuestros padres! ¡Llevad vuestro pecado hasta el sacrilegio, hasta el deicidio!

Se forma un nudo en la garganta que nos deja sin aliento. Imposible hablar. Y nos atraviesa un escalofrío de muerte al comprobar que, ante aquellas palabras, la respuesta del hombre no fue la vergüenza, sino la rebeldía, y con sus propias manos el hombre mató a Dios.

La medida de nuestros padres fue colmada. Y, sorprendentemente, al colmarse, del costado abierto del Crucifijo manaron perdón y gracia.

Mejor no seguir escribiendo. Mejor callar.

(TOP21X)

El interior de la copa

Al principio debe ser así. Cuando una persona se convierte, o cuando comienza a dar sus primeros pasos hacia Dios, debe disciplinarse, porque sin control sobre la propia voluntad no puede el hombre tomar el camino empinado que lo lleva al cielo. Y le conviene someterse a un horario, hacer propósitos, procurar cumplirlos y así ir avanzando poquito a poquito en el seguimiento de Cristo.

Pero esto es sólo el comienzo. Llega un momento en que, con ayuda del director espiritual, es necesario crecer en vida interior. De lo contrario, se corre el riesgo de que toda esa ascética quede reducida a una olimpiada de virtudes sin verdadera conversión.

Limpia primero la copa por dentro y así quedará limpia también por fuera.

La oración debe convertirse, entonces, en encuentro amoroso con Cristo, un tú-a-tú en el que se adquiere intimidad silenciosa y dulce con Él. Y el alma suavemente se enamora y cae rendida ante el Señor. La Eucaristía, el evangelio y el crucifijo se convierten en el centro de la vida.

Entonces ya no hacen falta propósitos. El corazón enamorado se precipita hacia Cristo en un vuelo, y lleva la vida con él. Ama y haz lo que quieras.

(TOP21M)

Amar por decreto

Hice la mili en el siglo pasado. Y recuerdo, porque la hice en Infantería, que cuando llegaba el día de la Inmaculada suspendían todos los permisos porque era obligatorio celebrar la fiesta. Y yo me preguntaba qué maldita gracia tenía celebrar una fiesta por mandato, cuando lo que a uno le apetecía era salir de allí y pasar la fiesta con la familia y los amigos. ¿Puede uno alegrarse por decreto?

«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?» Él le dijo: «“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”».

¿Puede una ley mandarme amar? Una ley me puede mandar hacer o no hacer, pero el amor no obedece a las leyes. La Ley de Dios manda hacer y no hacer, pero toda ella descansa en un «amarás».

Y es que, con Dios, todo cambia. Porque quien te manda amar te envía su Espíritu y enciende tu corazón en amor divino. Y el precepto se convierte en gozo, y el martirio en fiesta. San Agustín decía: «Por el amor de tu Amor hago esto». Y los pastorcitos de Fátima: «¡Oh, Jesús, es por tu Amor!»

¡Bendita Ley, capaz de enamorar!

(TOP20V)

El muy despreciado don de temor

En ocasiones me pregunto si hemos despreciado el don de temor. Que no es miedo, sino sobrecogimiento ante la majestad de Dios.

Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?»

Este episodio tiene dos aplicaciones, y ambas están relacionadas con el don de temor.

Veo en la iglesia a personas del pueblo que vienen a Misa para celebrar la fiesta patronal. O un funeral. O una boda, tanto da. El caso es que, fuera de esa ocasión, no los veo jamás en Misa. Ni, desde luego, en el confesonario. Pero, llegado el momento de la comunión, se acercan a recibirla. ¿Está su alma vestida de boda? ¿Están confesados y en gracia de Dios? ¿Son conscientes de que comulgar sin la debida preparación es cometer un sacrilegio? Siento ganas de llorar.

Misa de doce de un domingo cualquiera de verano. Unos vienen en chanclas. Otros con el bañador. Otras… mejor no lo digo. ¿Son conscientes de que celebramos las bodas del Cordero en el palacio del Rey?

Señor, eres tan bueno… que te hemos perdido el respeto. Perdónanos.

(TOP20J)

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