Esperando al Dios que espera
Es como cuando llegas a un bar y pides un café. Y el camarero responde: «Ahora mismo». Y tú te quedas sentado esperando, y esperando, y esperando… y empiezas a pensar que este hombre ha debido viajar a Brasil a recoger los granos de café para después molerlos en Bolivia y traerlos por barco a la cafetería. Por eso dicen que el café altera los nervios.
Estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Hace dos mil años que Jesús pronunció estas palabras, y seguimos mirando al cielo cada mañana y cada noche deseando vislumbrar a lo lejos su silueta. Si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos. Indudablemente, es de noche. Pero no sé en qué vigilia estamos. Lo que sé es que, mientras sigamos esperando, nuestros ojos seguirán clavados en el cielo. Están bien ahí. Hay quien se cansó de esperar y los zambulló en las pantallas. ¿Podrá recuperarlos?
Con todo, más nos ha esperado Él, de qué nos quejamos. Sigue esperando nuestro sí rendido, nuestra entrega total, nuestra docilidad enamorada.
¿No sabremos esperar al Dios que espera?
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