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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

La cicuta de Sócrates y las lágrimas de Jesús

A Jesús lo llamaban «Maestro». Y lo era. Pero era mucho más que eso. Sócrates era un maestro. Y, antes de morir, llamó a sus alumnos y les estuvo impartiendo una lección sobre la inmortalidad del alma hasta que la cicuta hizo su benéfico efecto y puso el punto final a la clase. Sócrates era un pesado.

Jesús también tuvo un último encuentro con sus apóstoles –no alumnos, sino apóstoles–. Y no lo dedicó a impartir lecciones, porque no era un pesado. Lo dedicó a hablar de Amor. Les dijo lo mucho que los quería, y les pidió que permanecieran en su Amor. Jesús venció por goleada a Sócrates en humanidad. Como hombre, me siento mucho más en casa ante el discurso de despedida de Cristo que ante todas las lecciones de Sócrates.

Si me amáis, guardaréis mis mandamientos… No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros… El que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.

¡Es tan normal! ¡Y, a la vez, tan sobrenatural! «Me marcho, pero quiero seguir a tu lado. Quiéreme, guarda mis palabras, abrázate a ellas y seguiremos juntos. No te separes de Mí».

¡Tan sencillo!

(TPA06)

Aunque el mundo nos odie…

No hay mejor referencia para entender las palabras de Jesús en el evangelio de hoy que estas líneas de la «Epístola a Diogneto»: «Los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres».

El mundo nos odia porque no nos dejamos mundanizar, sino que buscamos cristianizar los ambientes. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia. Y es que, aunque vivimos en el mundo y amamos al mundo, ni somos del mundo ni somos «cosa». Somos de Cristo. Somos hijos de Dios, y queremos redimir al mundo.

No caigáis en el error de encerraros en ambientes piadosos para defenderos del mundo. No tengáis miedo. Protegeos con una intensa vida espiritual, y vivid inmersos en ese mundo que nos odia, pero que también nos necesita. Llenad el mundo con la paz y la alegría del cielo. Perfumadlo con el nombre de Cristo.

(TP05S)

Confidencias de amigos

Vas a misa cada día y comulgas. Rezas el rosario y la Liturgia de las Horas… Pero no haces oración mental. Te estás perdiendo lo mejor.

A vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.

La oración vocal es muy valiosa, nos une a los hermanos y purifica los labios con palabras santas, brotadas del corazón de la Iglesia. No lo dejes. Cada rosario y cada oración litúrgica hacen un enorme bien a tu alma. Y en cada misa te unes fuertemente a Cristo.

Pero la amistad requiere secreto, confidencia e intimidad. Y eso es lo que aporta la oración mental.

Guarda al menos media hora cada día para quedarte a solas con el Señor y hablar con Él como hablan los amigos. Hazlo, si puedes, ante un sagrario. Si no puedes, en tu habitación. Y, durante ese tiempo, desahoga tu alma con Jesús. Háblale, llórale, ríe con Él. Escúchale leyendo el Evangelio y acoge esa palabra silenciosa e interior que deja en lo profundo de tu alma.

Y, día a día, media hora a media hora… Cristo se convertirá en tu confidente, en el Amor de tu vida.

(TP05V)

En lo profundo del alma

alegríaSorprende que Cristo hable de alegría en un momento –el de la despedida de sus apóstoles– en que se le ve especialmente triste. En pocos minutos, en la oscuridad de Getsemaní, confesará que está muriendo de tristeza. Sin embargo, les dice:

Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.

No todos pueden entenderlo. Quienes han olvidado que tienen alma y viven de sentimientos no pueden concebir la presencia de ese manantial inagotable de gozo en quien está llorando. Pero quienes se han liberado de las cadenas viscosas del sentimiento y se han retirado a vivir a un lugar más profundo de sí mismos saben bien de qué habla el Señor.

Mientras el corazón del Salvador sangra y llora, en lo profundo de su alma habita una alegría a la vez desbordante y serena. Es la alegría del Amor de su Padre, que no se retirará ni en ese momento terrible en que, desde lo alto del Madero, se sienta abandonado de Él.

Esa alegría la derrama en los suyos. Yo la he visto cuando quienes lloraban en el tanatorio la muerte de un ser querido me decían: «Estamos muy contentos».

(TP05J)

Cosas que requieren su tiempo

Al paso que vamos, llegará un día en que se producirán semillas de efecto instantáneo. Introducirás la pepita de una manzana en tierra y ¡catapum!, en menos de diez segundos tendrás el manzano crecidito y repleto de manzanas. Igual incluso alguna rama producirá compota ya enlatada y todo.

Pero, por mucho que corramos, seguirá habiendo cosas que requieren su tiempo:

Permaneced en mí, y yo en vosotros.

Dios no es un cargador rápido que te llena la batería del móvil en diez minutos y después lo desconectas. La vida de gracia requiere vencer al pecado mortal, que nos arranca de Cristo, y permanecer. Vivir en gracia durante días, meses… ¡años! Y sólo entonces comienzan a brotar los frutos del Espíritu.

Para que la gracia en tu alma no sea una bengala fugaz, aquí te anoto tres consejos que te ayudarán a permanecer:

La confesión frecuente, que no sólo perdona el pecado, sino también lo previene.

La oración diaria, por la que el alma se alimenta de la gracia derramada en ella.

Y la caridad, que es la que hace que todo ello dé fruto. Porque sin la caridad, sin la entrega real de la vida, todo lo demás se pierde.

(TP05X)

Se queja el corazón, se alegra el alma

No puedo evitar que el corazón se dispare en una queja cada vez que lo leo:

Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo.

Me alegro por Ti, porque al ir al Padre has escapado de la muerte. Pero yo quedo aquí, y no puedo verte.

Dejo que salga la queja, pero no le hago mucho caso. Pobre corazón nuestro. Él ha salido llagado del combate de la Cruz, como salió Jacob herido tras luchar contra Dios. Pero, si Tú no hubieras subido al Padre, no habitarías en lo profundo de mi alma por tu Espíritu. Pierde el corazón, pero gana, y gana mucho más, el alma, convertida en santuario.

Si me amarais… Por eso, porque te amo, el corazón herido se abraza al Crucifijo. Y, a través del Crucifijo, me llega esa paz que sólo Tú puede darme:

La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo.

Es la paz en la guerra. La alegría en el dolor. Tu presencia permanente y amorosa en nuestras soledades. La respuesta que recibe el corazón cuando se queja de que has subido al Padre.

(TP05M)

Amor y escucha

¡Cómo nos gusta que alguien se acuerde de lo que le habíamos dicho! En estos tiempos en que los oídos de tanta gente están sellados con airpods, nos recorre el alma una brisa de satisfacción cuando un ser querido nos pregunta: «¿Qué tal fue aquella excursión que me dijiste que ibas a hacer?», «¿Qué tal sigue tu padre? Me dijiste que estaba enfermo». Entonces pensamos: «¡Me estaba escuchando!». Y nos sentimos queridos.

¿Imagináis que Dios olvidara lo que le decimos? No. No lo olvida. Guarda en su corazón cada una de nuestras palabras. Pero también quiere que guardemos las suyas.

El que me ama guardará mi palabraEl que no me ama no guarda mis palabras.

Hasta tal punto identifica el Señor el amor con la escucha, que podemos saber si le amamos o no por el modo en que guardamos sus palabras.

Y también así entendemos que el Espíritu es Amor: El Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. Él es quien nos recuerda, y nos susurra al oído las palabras que Cristo nos ha dicho para que, guardándolas, nos salvemos.

(TP05L)

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