Puede que fuera la frase más atrevida, la más provocadora y tajante de cuantas pronunció Jesús ante aquellos judíos:
Antes de que Abrahán existiera, yo soy.
El sonido de estas palabras fue como el azote de un látigo en las entrañas. Jesús no dijo: «Antes de que Abrahán naciera», lo cual le hubiese situado en un tiempo histórico anterior al nacimiento del patriarca y le hubiese hecho quedar como un loco; sino «antes de que Abrahán existiera», lo cual lo situaba en la eternidad, fuera de la línea del tiempo. Y recalcó «Yo soy», las mismas palabras con que Yahweh reveló a Moisés su nombre desde la zarza.
Se trata de una de las manifestaciones más claras de la divinidad de Cristo. Pero también de una blasfemia terrible a los oídos de aquellos hombres. Jesús se situaba ante ellos por encima de la Historia y del Cosmos. ¡El trono de Dios!
Deberían haberse postrado. Pero, en lugar de eso, cogieron piedras para tirárselas.
Postrémonos nosotros. No perdamos de vista la divinidad de Cristo durante su Pasión. Porque precisamente allí, en la Cruz, será levantado sobre la Historia y sobre el Cosmos, sobre Abrahán y sobre nosotros. Es el «antes» eterno.
(TC05J)











