Es muy elocuente la frase de san Juan. Tras haber conspirado contra Jesús y haber tratado de arrestarlo, después de despreciar la tímida defensa que del Señor hizo Nicodemo, se volvieron cada uno a su casa.
Cada uno en su casa, y Dios en la de todos. No es verdad. Porque nos vamos a casa huyendo de Dios. Nos encerramos en nuestros egoísmos, nuestros planes, nuestras soledades y nuestros falsos descansos. Convertimos nuestra casa en ese refugio seguro donde ni Dios puede perturbarnos. Nuestra tumba.
Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa (Sal 83, 11), dice la Escritura. Aunque el atrio de la casa de Dios es el Gólgota. Allí se encuentra la Cruz, puerta del cielo, y allí los humanos se acogen a la sombra de tus alas (Sal 35, 8). Porque las alas de Dios son los brazos abiertos de Cristo en la Cruz.
Claro que, si en tu casa te sientes seguro, el Gólgota, poblado de tinieblas, ultrajes y muerte, parece el lugar más inseguro del mundo. No te dejes engañar. Allí están tu madre, tu Señor y tu Hogar. Deja tu casa vacía y refúgiate a la sombra de esas alas.
(TC04S)











