Si las he contado bien, son nueve las veces que, en el evangelio de hoy, aparece la palabra «Padre».
El Hijo no puede hacer nada por su cuenta sino lo que viere hacer al Padre. Lo que hace este, eso mismo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace.
Si no nos adentramos en ese abismo de tinieblas y dulzura que es la intimidad del Hijo con el Padre, no entenderemos jamás la Pasión del Señor. Porque toda la Pasión, desde los postres de la Última Cena, es un grito filial del Hijo al Padre. Jesús parece estar tan concentrado en ese grito, que hasta los golpes, latigazos, clavos y espinas le duelen de lejos. El verdadero dolor llora a su Padre desde lo más profundo del corazón.
Y así, estremecido en pavor y angustia implorará a su Abbá que aparte el cáliz, para inmediatamente prometerle obediencia. Le suplicará que perdone a quienes lo matamos, gemirá buscándolo y preguntándole por qué lo abandonó. Y finalmente, como el niño que se echa encima de papá, entregará el Espíritu a sus manos para descansar, no en la muerte, sino en su Padre.
(TC04X)











