Me asustan los extremismos. El único que admito y recomiendo es el del amor a Cristo. Cristo nos amó hasta el extremo, y hasta el extremo debemos amarlo a Él. Pero, en lo demás, es sabio buscar siempre el justo medio.
Te propongo dos ejemplos. Dos mujeres a quienes he conocido, y cuyos maridos estaban alejados de la fe.
Una me decía: «Padre, no rece por él. Él no tiene remedio». Y yo pensé que quizá tenía ella menos fe que su marido. Con esa incredulidad le cortaba las alas a Dios. Y no hizo allí muchos milagros, por su falta de fe.
La otra estaba convencida de que, si rezaba bien una novena, su marido iría a misa con ella, se confesaría y comulgaría el día de sus bodas de oro. Aquello no sucedió, y la mujer se preguntaba si Dios realmente la escuchaba.
Ambos maridos se convirtieron. El primero, porque su mujer aceptó rezar por él. Y el segundo, porque Dios, que siempre escucha, tiene sus tiempos, y no necesariamente son los nuestros.
Ya lo veis: ni renunciar a rezar, ni creer que Dios hará las cosas como tú quieres. El justo medio: rezar y confiar en Dios.
(TOP17V)












