«Atesorar» es reunir un tesoro. Uno compra una caja fuerte y va depositando en ella collares, brazaletes, diademas, anillos, pulseras… Así durante años. Y, al cabo de años de atesoramiento, tienes ya en la caja fuerte el tesoro de Sierra Madre dispuesto para vestirte como la reina de Saba, o para que venga el juez, te lo confisque y te pida explicaciones.
Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban.
Si pensáis que en el cielo se atesora como en la caja fuerte, podríais llegar a creer que se trata de ir echando al cielo sacos de méritos para gozarlos después de la muerte. Pero os equivocáis. En el cielo no se atesora así.
Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón. No es necesario ir enviando méritos al cielo día a día. Allí ya están los méritos de Cristo, que nos pertenecen. Lo que hay que enviar al cielo es el corazón. Y entonces tus tesoros ya no son las riquezas, ni la salud, ni el prestigio, sino la gracia, el Amor de Dios, la Eucaristía, la Virgen… Antes de morir, ya eres inmensamente rico.
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