No respondas. Pregunta y mira

Los apóstoles no entendieron nada, no podían entender, era demasiado pronto. Pero, sobrecogidos de asombro ante aquel hombre capaz de ponerse en pie y calmar una tormenta con una orden majestuosa, dejaron escapar de sus labios la pregunta clave:

¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!

Es preciso mantener la pregunta abierta, recorrer detrás de ella los tres años de vida pública, y encaramarse sobre los signos de interrogación para contemplar, desde ese asombro, el misterio de la Cruz.

¿Quién es éste? Despreciado, cubierto de ultrajes, escupido, azotado, desobedecido y burlado. ¿Quién es éste? Las olas de la muerte lo cubren mientras Él parece dormir. Los hombres le increpan: «¡Despierta, baja de la Cruz si eres Hijo de Dios!», «¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!», le dice otro crucificado con Él.

Pero es allí, en la Cruz, donde, en pie, está calmando la peor de las tormentas. Desde allí lanza a los demonios y a la muerte su orden terminante:

¡Silencio, enmudece!

Y desde allí, con el agua manada de su costado, trae a la Tierra una gran calma. Tanta, que al alma pacificada por ese Espíritu poco le afectan las tormentas de la vida.

(TOP03S)