Los «sinceros»

Es sorprendente cómo algunas personas se las apañan para pecar y, después de haber pecado, ponerse medallas como si fueran héroes. Se te enfada un tipo –o una tipa–, te suelta por la boca todo tipo de insultos e improperios y, cuando se ha quedado a gusto, va y encima se ufana: «Es que yo soy muy sincero, digo lo que llevo dentro».

Lo que tú eres es un… Vale, no lo digo, que yo no soy tan «sincero». Pero, ya puestos, déjame decirte que sincero es el que dice la verdad, no el que te vomita encima toda su bilis. Tienes razón en que dices lo que llevas dentro. Pero dentro no tienes verdades, tienes sapos y culebras.

De dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad… Echarle todo eso encima al prójimo no es, precisamente, sinceridad.

Te diré lo que es sinceridad y caridad: Hablar, no según tu corazón sucio y herido, sino según el corazón de Cristo, la Verdad misma. Y entonces, en lugar de sapos y culebras, de tu boca saldrán palabras de misericordia, de amor, de consuelo y de paz.

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