Lo que Jesús no pudo hacer

Se cuenta de santa Teresa –aunque no he logrado encontrar ningún escrito suyo que lo avale– que, en cierta ocasión, Jesús le dijo: «Teresa, yo quise, pero los hombres no quisieron». Se lo dijera o no el Señor a la santa, estas palabras encierran una terrible verdad.

«¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?» Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre: «Extiende la mano». La extendió y su mano quedó restablecida.

Jesús tenía ante sí dos enfermedades, una leve y otra grave. Con su poder de Dios pudo curar la mano paralizada del enfermo, que era la enfermedad más leve, puesto que no afectaba al alma; Él mismo acabaría su vida con las dos manos paralizadas en la Cruz, y así vencería al pecado y a la muerte.

Pero Jesús no pudo purificar el corazón de los fariseos. Perdonó pecados, acogió a publicanos y meretrices, pero no pudo sanar la soberbia de quienes no estaban dispuestos a ser sanados por Él.

¡Qué terrible es la soberbia, que reduce a la impotencia al propio Dios!

(TOP02X)