Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Tiempo Ordinario (ciclo par) – Página 13 – Espiritualidad digital

El tesoro del cristiano

«Atesorar» es reunir un tesoro. Uno compra una caja fuerte y va depositando en ella collares, brazaletes, diademas, anillos, pulseras… Así durante años. Y, al cabo de años de atesoramiento, tienes ya en la caja fuerte el tesoro de Sierra Madre dispuesto para vestirte como la reina de Saba, o para que venga el juez, te lo confisque y te pida explicaciones.

Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban.

Si pensáis que en el cielo se atesora como en la caja fuerte, podríais llegar a creer que se trata de ir echando al cielo sacos de méritos para gozarlos después de la muerte. Pero os equivocáis. En el cielo no se atesora así.

Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón. No es necesario ir enviando méritos al cielo día a día. Allí ya están los méritos de Cristo, que nos pertenecen. Lo que hay que enviar al cielo es el corazón. Y entonces tus tesoros ya no son las riquezas, ni la salud, ni el prestigio, sino la gracia, el Amor de Dios, la Eucaristía, la Virgen… Antes de morir, ya eres inmensamente rico.

(TOP11V)

Por no tirarse a esa piscina

Te sorprendes de ti mismo. Hace cuatro años llevabas más de veinte sin pisar una iglesia. Y, tras estos cuatro años, durante los cuales has asistido a Misa diariamente, te preguntas cómo puede la gente vivir sin comulgar. ¡Si tú mismo viviste así!

Me respondes que no. Que no viviste. Que ahora te das cuenta de que aquello no era vida. Era movimiento, movimiento hacia la muerte, pero no vida. Ahora, gracias a la Eucaristía, has descubierto lo que es vivir. Y, cada vez que comulgas, te dices por dentro: «¡Esto es vida!»

Danos hoy nuestro pan de cada día.

Y entiendes que esta petición del Padrenuestro es una invitación a la comunión diaria. Porque la comunión es el verdadero maná, el pan de Vida. Ahora lo sabes.

Pero no trates de explicárselo a quien no comulga, porque no te entenderá. Como tampoco tú lo hubieras entendido entonces. Es preciso sumergirse en la Eucaristía para conocer esa Vida, que es vida eterna.

Ahora que vienen los calores, te diré que la lástima es que sean tan pocos quienes se lancen a esa piscina. Muchos se quedan en la orilla, diciendo: «El agua está muy fría, no es de precepto». Pobrecillos.

(TOP11J)

El callejero y el libro de la Vida

En ocasiones hay que elegir entre merecer que pongan tu nombre a una calle o merecer que escriban tu nombre en el libro de la Vida. ¿A quién quieres agradar, a los hombres o a Dios? Ya, ya sé… Si pudieras, elegirías agradar a Dios y agradar también a los hombres; llegar al cielo habiendo recorrido en la tierra un pasillo de aplausos. Pero eso no es posible. Tienes que elegir. Muchos santos han pasado en este mundo por idiotas. Y también hay idiotas que han sido tenidos por santos mientras les duró el engaño.

Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Ésa es la diferencia.

Para que pongan tu nombre a una calle, debes cuidar tu imagen pública. Peina bien tus redes sociales, encárgate de que conozcan lo mejor de ti (aunque tengas que inventarte alguna cosa). No sé si decirte que te deseo suerte, no estoy seguro…

Para que tu nombre esté escrito en el libro de la Vida, ni siquiera hace falta que te canonicen. Cuida lo escondido. Una genuflexión cuando nadie te ve, un beso al crucifijo de tu dormitorio, una limosna sin remitente… Y que los hombres digan de ti lo que quieran.

(TOP11X)

El whisky no calma la sed

Una fuente que mana agua limpia día y noche es un regalo del cielo. Pero no es garantía de que nadie morirá de sed. Es preciso que los hombres se acerquen a ella y beban. Me he acordado de la película de John Ford «Los tres padrinos». Un vaquero idiota decide cruzar el desierto con la cantimplora llena de whisky. Tarde se dio cuenta de que el whisky no calma la sed.

Dios hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Pero no muestra su intimidad a cualquiera. Eso lo reserva sólo para sus elegidos. Tampoco el sol broncea a cualquiera, sino a quien pasa tiempo expuesto a él. Ni la lluvia hace fértiles todos los campos, sino los de aquéllos que sembraron.

Despertad. No os adormiléis pensando que la bondad infinita de Dios es garantía de salvación eterna. El que Dios sea bueno no supone necesariamente que nosotros seamos santos. Para ello debemos acercarnos a Él, dedicar tiempo a la oración, beber en la fuente de los sacramentos, y dejarnos amar por Él, hasta que se cumplan en nosotros las palabras del Señor: Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.

(TOI11M)

Muertos que sonríen

En algunas de sus declaraciones, el Sermón de la Montaña es un disparate para el mundo. ¿Cómo se puede pedir a un hombre que se comporte así?

Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto.

Semejantes consejos van mucho más allá de lo exigible, incluso de lo posible. Y, sin embargo…

En el capítulo 16 de los Hechos se cuenta cómo Pablo y Silas, después de haber sido molidos a palos, estaban cantando en la cárcel. ¡Qué locura! Y cuando las puertas de la celda se abrieron, en lugar de emprenderla contra el carcelero, lo bautizaron a él y a su familia. ¿Quién hace eso?

Que lo explique Pablo: Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios (Col 3, 2-3). La clave es ese «Habéis muerto». Sólo un cadáver se deja abofetear y despojar así. Y eso hacemos: entregamos al mundo nuestro cadáver para que lo entierre mientras nosotros, en lo profundo del alma, gozamos de Dios. Y el mundo no puede entender cómo nos ve tan felices.

(TOP11L)

Una justicia mayor

Un latinajo: «Ius suum quique tribuere». La justicia consiste en dar a cada uno su derecho, es decir, lo que le corresponde. Y, por lo tanto, a aquél que me ha tratado mal yo le daré lo suyo. Se va a enterar…

Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.

Hay otra justicia. Una justicia mayor. Es la justicia con la que Cristo, a quienes éramos malvados e injustos, nos ha hecho justos.

Desde lo alto de la Cruz, no gritó a su Padre: «Dales lo que se merecen», sino que pidió perdón para sus verdugos. Y, en lugar de darnos «lo nuestro», lo que merecíamos, nos dio lo suyo, su sangre y su Espíritu que han limpiado nuestras culpas y nos han convertido en hijos de Dios.

Y ahora, redimidos por la sangre de Cristo y santificados por su Espíritu, Dios nos da lo que merecemos. Como hijos de Dios, merecemos el cielo, merecemos ser alimentados con el cuerpo de Cristo, merecemos ser tratados como reyes.

¡Ésa es la justicia mayor a la de los escribas! La de quien quiere redimir al pecador y hacerlo justo.

(TOP10J)

Gente cumplidora y hombres felices

Me he acordado del joven rico. Según sus palabras, desde pequeño había cumplido la Ley. Pero hoy, leyendo las palabras de Jesús, vemos que no le basta a Dios con que cumplamos su Ley. Es preciso, también, anunciarla a los hombres.

Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.

¿Quiere eso decir que nos convirtamos todos en maestros y vayamos por el mundo impartiendo catequesis sobre la Ley de Dios? No estaría mal, desde luego, el mundo está muy necesitado de una buena catequesis. Pero no todos los cristianos están llamados a ser catequistas. Sin embargo, todos estamos llamados a ser apóstoles.

Debemos mostrar a los hombres, con nuestras vidas, que el cumplimiento de la voluntad de Dios nos hace realmente felices. Nuestro mundo no necesita ver cumplidores, para eso ya se están fabricando robots.

«Mira, éste va a misa todos los días, se confiesa y reza el rosario»… Eso no es envidiable. Algunos responderían: «¡Pobrecito!»

«Mira, éste es el hombre más feliz que he visto en mi vida». Entonces la respuesta es: «¿Cómo lo consigue?» «Va a misa, se confiesa, reza el rosario. Ama a Dios, y ese Amor le ha hecho feliz».

(TOP10X)

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