Evangelio 2020

Navidad – Página 3 – Espiritualidad digital

No hay magia en Navidad, sino perdón

Occidente se aparta de Dios, pero no quiere renunciar a las navidades. Por un lado, la fiesta está demasiado arraigada en nuestra cultura como para arrancarla sin dolor; por otro, hay demasiados intereses comerciales en torno a estas fechas. En consecuencia, se procura eliminar el carácter sagrado, y revestir la celebración con un lenguaje profano. Las navidades ya no son santas, sino que son «mágicas».

Lo malo es que la «magia» de la Navidad se infiltra, también, entre muchos cristianos. Y esperan, del Niño Dios, una varita mágica escondida entre las pajas del pesebre. «No puedo celebrar la Navidad con este dolor de muelas. Y, por si fuera poco, he discutido con mis padres. No hay Navidad para mí».

Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

¡Pobre Juan! La gente no quiere a ese cordero. La gente quiere al «Cordero de Dios, que quita el dolor de muelas», o al «Cordero de Dios, que soluciona los problemas de la vida». No quieren a un Mesías, sino a un mago.

Pero el Niño Dios ha venido a sufrir dolor, y a cargarse de problemas, para que tú y yo seamos perdonados. ¿Aún no lo has entendido?

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Confiesa

JuanHabitualmente, utilizamos el verbo «confesar» como sinónimo de «acusarse». Por eso lo relacionamos con crímenes y pecados. El criminal que confiesa su crimen resulta condenado; el pecador que confiesa ante Dios su pecado resulta absuelto… Pero «confesar» no significa solamente eso.

«Confesar» significa, también, «manifestar», «hacer conocer». Dice san Juan que quien confiesa al Hijo posee también al Padre (1Jn 2, 23). Cuando al Bautista le preguntaron quién era, él confesó y no negó; confesó: «Yo no soy el Mesías».

El silencio de la contemplación debe convertirse, ahora, en testimonio. Debes confesar ante los hombres lo que has visto y oído. Como el Bautista, has comprendido que no eres nada, que Él lo es todo. Y, como el Evangelista, has conocido que el Hijo de María es Dios en carne mortal.

Confiésale con tu vida. Sé humilde; no quieras ser protagonista de nada, ni pretendas aparentar, porque tú no eres el Mesías. Más bien, procura vivir de tal manera que quienes te conozcan, al tratarte, acaben sabiendo muy poco de ti, y mucho de Cristo. Abájate, hasta que tu vida le señale sólo a Él.

Si el primer fruto de tu Navidad no es la humildad, poca Navidad estás viviendo.

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