Libros de José Fernando Rey Ballesteros

Navidad – Página 3 – Espiritualidad digital

No hay magia en Navidad, sino perdón

Occidente se aparta de Dios, pero no quiere renunciar a las navidades. Por un lado, la fiesta está demasiado arraigada en nuestra cultura como para arrancarla sin dolor; por otro, hay demasiados intereses comerciales en torno a estas fechas. En consecuencia, se procura eliminar el carácter sagrado, y revestir la celebración con un lenguaje profano. Las navidades ya no son santas, sino que son «mágicas».

Lo malo es que la «magia» de la Navidad se infiltra, también, entre muchos cristianos. Y esperan, del Niño Dios, una varita mágica escondida entre las pajas del pesebre. «No puedo celebrar la Navidad con este dolor de muelas. Y, por si fuera poco, he discutido con mis padres. No hay Navidad para mí».

Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

¡Pobre Juan! La gente no quiere a ese cordero. La gente quiere al «Cordero de Dios, que quita el dolor de muelas», o al «Cordero de Dios, que soluciona los problemas de la vida». No quieren a un Mesías, sino a un mago.

Pero el Niño Dios ha venido a sufrir dolor, y a cargarse de problemas, para que tú y yo seamos perdonados. ¿Aún no lo has entendido?

(0301)

“Evangelio

Confiesa

JuanHabitualmente, utilizamos el verbo «confesar» como sinónimo de «acusarse». Por eso lo relacionamos con crímenes y pecados. El criminal que confiesa su crimen resulta condenado; el pecador que confiesa ante Dios su pecado resulta absuelto… Pero «confesar» no significa solamente eso.

«Confesar» significa, también, «manifestar», «hacer conocer». Dice san Juan que quien confiesa al Hijo posee también al Padre (1Jn 2, 23). Cuando al Bautista le preguntaron quién era, él confesó y no negó; confesó: «Yo no soy el Mesías».

El silencio de la contemplación debe convertirse, ahora, en testimonio. Debes confesar ante los hombres lo que has visto y oído. Como el Bautista, has comprendido que no eres nada, que Él lo es todo. Y, como el Evangelista, has conocido que el Hijo de María es Dios en carne mortal.

Confiésale con tu vida. Sé humilde; no quieras ser protagonista de nada, ni pretendas aparentar, porque tú no eres el Mesías. Más bien, procura vivir de tal manera que quienes te conozcan, al tratarte, acaben sabiendo muy poco de ti, y mucho de Cristo. Abájate, hasta que tu vida le señale sólo a Él.

Si el primer fruto de tu Navidad no es la humildad, poca Navidad estás viviendo.

(0201)

“Evangelio

Fin de año y principio del tiempo

La Biblia comienza así: En el principio creó Dios los cielos y la tierra (Gn 1,1). Ese «principio» se encuentra en la eternidad, en Dios.

La creación tuvo su culmen en la aparición del hombre. Pero el hombre se rebeló contra Dios. Creador y criatura trataron de volver a unirse en una alianza siempre renovada y siempre rota.

Cuando has tratado mil veces de ofrecer tu mano a un niño que se ha caído, y el niño la coge y la suelta una y otra vez sin terminar nunca de levantarse, sólo puedes abandonar al niño o comenzar de nuevo.

El en principio existía el Verbo.

Juan comienza su evangelio con las palabras del Génesis. Dios creará otra vez al hombre. Ya no le tenderá la mano desde la eternidad. Ahora se agachará.

Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros.

Mira al Niño Jesús: Dios se ha agachado para levantarte. Se ha hecho como tú, para que tú te hagas como Él. Hoy tomas en brazos a un recién nacido; mañana, ese Niño te cargará sobre sus hombros para llevarte a ti, oveja perdida, a las praderas de su reino, al «principio» donde habita con su Padre.

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“Evangelio

Los padres perdidos y el Niño hallado

¿Os perdisteis alguna vez, cuando eráis niños? Yo recuerdo el día en que me perdí; no puedo recordar todos los detalles –era muy pequeño–, pero sí recuerdo la angustia. Para mi mente infantil, fue un pequeño apocalipsis. Sin mis padres cerca, toda referencia vital desaparecía, y yo me disolvía en la nada.

Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados.

Cuando Jesús se perdió, la angustia la sintieron sólo sus padres. Él contaba con una referencia vital: ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?

En realidad, fueron José y María quienes se perdieron; la desaparición de Jesús les arrebató la única referencia que daba sentido a sus vidas.

No quisiera perderte jamás, Niño Dios. Puedo perder mis cosas, mi honra, mi salud y a mis amigos. Mis seres queridos, un día, se marcharán; o, si no se marchan, me marcharé yo. Pero si te perdiese; si, por un momento, desaparecieras de mi lado, o me alejara yo del tuyo, moriría.

Has permitido muchas cosas en mi vida que yo aún no entiendo. Las doy por buenas, aunque me duelan. Pero jamás, ¡jamás! permitas que me separe de Ti.

(SDAFAMC)

“Evangelio

Míralo bien

Cada vez que leas el verbo «conocer» en la Biblia, deberías temblar. Cuando la Escritura habla de «conocer», no se refiere a un ejercicio intelectual. «Conocer», en la Escritura, es verbo esponsal: supone adentrarse amorosamente en lo conocido como quien se sumerge en un misterio. Adán «conoció» a Eva, y Eva dio a luz a su primogénito. María, ante Gabriel, asegura no «conocer» varón.

Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo (Jn 17, 3). Y, en la primera carta de san Juan, leemos: En esto sabemos que conocemos a Jesús: en que guardamos sus mandamientos (1Jn 2, 3). Esa mirada amorosa del discípulo se adentra de tal manera en el Maestro, que, sin apenas proponerse nada, lo acaba haciendo uno con Él.

Mis ojos han visto a tu Salvador, exclama, asombrado, Simeón. Y llora, porque, al mirar al Niño, se baña en Él como en un nuevo Bautismo.

Míralo bien; aprovecha la Navidad, y míralo bien. Si, fruto de esa contemplación, no lo imitas, es que no lo estás mirando con cariño. Vuelve a mirarlo. No es preciso hacer propósitos en Navidad; sólo hace falta mirar bien.

(2912)

“Evangelio