Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Navidad – Página 2 – Espiritualidad digital

Don Eugenio y el lobo

Eugenio Romero Pose se fue al cielo hace unos cuantos años. Era obispo auxiliar de Madrid, y un hombre de verdadera vida interior. En cierta ocasión, durante las navidades, entró en una de las oficinas del Arzobispado justo en el momento en el que el jefe del departamento había cogido un enfado considerable y estaba abroncando a todo bípedo implume que respirase cerca de él. Don Eugenio tomó por el brazo al jefe, lo llevó hasta el Belén del departamento, le señaló al Niño Dios y le dijo: «Él tomó de lo nuestro para darnos de lo suyo». Y aquel hombre quedó en silencio ante el Belén, apaciguado y recogido. Fue lo más parecido al episodio de san Francisco con el lobo.

A cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios. De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia. ¡Cómo no apaciguarse ante este misterio! Nosotros queriendo ser grandes a fuerza de auparnos, y Él haciéndose pequeño y agachándose para darnos su grandeza, la de los hijos de Dios.

No quieras auparte, no quieras ser más que nadie. Agáchate, póstrate, y deja que Él te levante a esa grandeza pacífica y suave de la condición divina.

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“Misterios de Navidad

Reflexiones navideñas en desorden

Ayer decía el Bautista: «Yo no soy». Y hoy, señalando a Jesús, grita: «Éste es».

Este es el Cordero de Dios.. Este es aquel de quien yo dije… Ese es el que bautiza con Espíritu Santo… Este es el Hijo de Dios.

Y así estamos, ante el Belén, como estuvo Moisés ante la zarza.

Mi sobrina Ana, que es lo más parecido que conozco a Miércoles Addams, le dijo a su hermana mayor embarazada que el día en que naciese su hijo sería el día en que comenzaría a morir. Así de alegre es mi sobrina. Pero tenía razón.

Jesús ha nacido, ha comenzado a morir y a ser sacrificado como el cordero, ya está cubierto de muerte como la zarza estaba cubierta de fuego. Pero la muerte, como el fuego a aquella zarza, no lo consume ni lo consumirá.

Le preguntamos su nombre. Y mientras Juan responde: «Él es», la Virgen nos dice: «Su nombre es Jesús». Y nos deleitamos en ese dulce nombre, porque los enamorados se deleitan en el nombre del ser amado. «Tu nombre me sabe a hierba», cantó Serrat. A nosotros, el nombre de Jesús nos sabe a gloria y a gracia, a cielo.

¡Jesús!

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“Misterios de Navidad

Él es, yo no soy

Pensábamos que se había marchado, y aquí lo tenemos de vuelta. Juan Bautista, el profeta del Adviento, es también el Heraldo en Navidad. Él es el dedo que señala al Mesías:

Los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?» Él confesó y no negó; confesó: «Yo no soy el Mesías».

Es importante anotar que estas palabras figuran en el evangelio según san Juan. Porque, en ese evangelio, Jesús se referirá a sí mismo repetidas veces con las palabras que escuchó Moisés ante la zarza: «Yo soy». Es una declaración velada de su divinidad.

Juan, sin embargo, dice: «Yo no soy». Él es, yo no soy. En otras palabras: Él es Dios; yo, sin Él, no soy nada.

Recordémoslo, porque ni tú ni yo somos el Mesías. Somos unos pobres hombres que apenas podemos hacer un poco de bien a unas pocas personas. Y que tantas veces, queriendo arreglar algo, lo estropeamos todo.

No te empeñes en salvar a nadie, que no puedes. Ni siquiera puedes salvarte a ti mismo. Haz lo que el Bautista: habla de Jesús, señálalo, muéstralo a los hombres para que acudan a Él y Él los salve. Él es.

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“Misterios de Navidad

El Niño Jesús que yo quiero

No lo venden en las tiendas, ni está en las galerías del arte, pero yo quisiera un Niño Jesús con moquitos. Cuando lo digo no me toman en serio, pero va en serio. Y una Virgen que le limpie los moquitos, y que sería la primera Verónica. Lágrimas ante Jerusalén, sangre en la Cruz, moquitos en el pesebre. No hay tanta diferencia, es un rostro que destila humanidad.

Porque Aristóteles pensó en un Dios omnipotente y creador de todo a quien no le importamos un pimiento. Ese Dios no viene con moquitos, ni necesita quien se los limpie. Ese Dios tampoco llora ni sangra.

Pero la Virgen tuvo en brazos a un Dios con moquitos. Y su inmaculado corazón se estremeció en un vértigo de asombro ante la fragilidad del Altísimo convertido en bebé.

Los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. ¿Qué hacía la Virgen? Lo que hace cualquier madre con su bebé: arroparlo, protegerlo, limpiarlo. Y, a su tiempo, cambiarle los pañales a Dios.

¿No es para morir de gozo y de asombro el modo en que un Dios amante se ha puesto en nuestras manos?

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“Misterios de Navidad

El Verbo inefable

Filósofos y teólogos han escrito muchas páginas sobre el empleo por parte de san Juan de la palabra griega «Logos». En español lo traducimos «Verbo».

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.

Pero, si quisiéramos resumir, diríamos que san Juan lo llama «Verbo» porque en Él nos habla Dios.

Has leído en los evangelios los discursos de Jesús, y conoces cada una de sus palabras. Pero Juan no se refiere a eso. Eso son los verbos del Verbo. El Verbo es Él. Él es la Palabra que te está diciendo Dios. Es niño, aún no habla, pero Él mismo es una palabra, una palabra que te dice Dios.

¿Y qué te dice? Si pudiera expresarse en lenguaje humano, Dios te habría escrito un libro. Y te lo escribió. Pero, cuando quiso decirte todo, te envió a su Verbo.

Lo siento, no te lo puedo resumir. Ni tampoco podrás tú cuando lo entiendas. Míralo, mira al Niño Dios y déjalo entrar, mira también al Crucifijo y escucha.

Y no me insistas en que te lo explique. Porque me obligarías a decir que es un «te quiero». Pero es mucho más.

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“Misterios de Navidad

Una beata

Dije: «Me ha salido una beata», y me miraron entre estupendos y ojipláticos. No sabían que una beata es una herida que sale en la rodilla, normalmente a causa de haber estado arrodillado en mala postura. Para ellos, una beata es una señora que se pasa el día en el templo.

Como Ana: No se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. Ana era viuda, y seguramente Dios la había llamado a vivir así. Gracias a su «beatitud», vio al Mesías.

Pero si una esposa, o una madre de familia, pasara el día en la iglesia, yo no la llamaría «beata», que es casi santa, sino que le diría (y le digo) que está huyendo de la santidad. Porque la santidad se forja en el hogar y en la calle. En el templo se reponen fuerzas, en el hogar y en la calle se entrega la vida. La santidad es entrega de la vida.

¿Quieres imitar a Ana? No salgas del templo. Pero recuerda que el templo es tu alma. Vive con recogimiento, mantén la presencia de Dios. Y, con la paz del niño en brazos de su Padre, déjate comer por los demás.

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La alegría indestructible

Hay alegrías escurridizas, tan frágiles como una pompa de jabón que se desvanece apenas la tocas. Te encuentras bien, has dormido bien, el sol brilla en el cielo y estás a bien con todo el mundo. Hasta que caen unas gotas de lluvia, te empieza a doler la rodilla y un ser querido se enfada contigo. Se acabó.

Y hay una alegría, la verdadera, que, cuando llega, llega para quedarse. Resiste al tiempo y a las enfermedades, a la soledad, a los ultrajes y a la misma muerte, porque es una alegría de cielo, y en el cielo no fabrican nada que obligue a llevar en la caja la etiqueta de «frágil».

Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción. Gozan, mirando al Niño, la Virgen y Simeón. Ambos se saben bendecidos y amados por Dios. Pero también saben que ese niño traerá dolor a su madre y a quienes lo amen, que será signo de contradicción, que a nadie dejará indiferente y que el corazón de la Virgen será traspasado por la espada.

Ellos sonríen. Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rom 8, 31).

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