La entrega alegre

«Ahora he conocido al Señor, y me sobra todo lo que tengo». Me lo dijo una persona acaudalada durante unos ejercicios espirituales. No puedo olvidarlo, porque presencié cómo se encontraba con Cristo y se enamoraba «a primera vista». Lo único que lamentaba era no haber recobrado la vista hasta los cincuenta. No haberlo conocido antes.

El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. Hay una entrega triste: la del cumplidor que hace lo justito y reniega por dentro. O por fuera. «¡Qué difícil me lo pone Dios!», parece decir. Y hay una entrega alegre, la del enamorado, como el hombre de quien te hablaba en el párrafo anterior, que muestra en su rostro el gozo de quien ha encontrado un tesoro y no el fastidio de quien paga una multa. Conocí también a una mujer a quien, tras encontrarse con el Señor, todo lo que entregaba se le hacía poco. Murió muy santamente.

Termino con dos preguntas para ti: ¿Qué has entregado por alcanzar a Cristo? ¿Lo has hecho con alegría?

(TOA17)