Una de aeropuertos

Acabo de leer «El detalle», una extraordinaria novela de Jesús Carrasco. Con mucho sentido del humor describe las colas interminables que se forman en los aeropuertos ante los mostradores de facturación. Y, como he sufrido esas colas, sé que a todos los penitentes de esa procesión les une un mismo deseo: el de llegar al mostrador, dejar las maletas, y pasar al otro lado para subir al avión.

¿Imagináis que alguien pudiera estar tan a gusto en esas colas, y tan feliz de arrastrar su maleta que decidiera permanecer allí?

Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna. Podría escribirse en piedra sobre un mostrador de facturación: «Quien deje aquí las maletas volará y llegará a su destino».

Pero muchos se acercan a Cristo sólo para recibir: «Señor, dame esto. Señor, concédeme aquello. Señor, quiero…». Venga, más cosas para la maleta. Y cuando llega el momento de facturar, de dejar el equipaje para seguir a Cristo, no se desprenden de nada.

Lo peor es que, cuando llegue la facturación obligatoria, a la hora de la muerte, seguirán abrazándose a sus maletas. Pobres necios.

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