Un calvo feliz
«Padre, he recuperado la paz». Me lo decía un hombre de treinta años. «Me rebelaba contra Dios cada mañana al peinarme y ver que estaba perdiendo el pelo. Ya casi no necesito ni peinarme, y estaba furioso con Dios. Pero esta mañana le dije a Dios: “Te regalo mi pelo”, y he recuperado la paz». Lo de «mi pelo» supongo que era literal. Apenas le quedaba uno. Ojalá hubiera hecho ese ejercicio años atrás.
Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados.
Algunos le damos poquito trabajo al Señor con eso. Y si uno piensa que esa cuenta es garantía contra la alopecia, que se olvide. El pelo se nos cae de todas formas. También dice el Señor: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo. Pero morimos igualmente.
Cristo no nos promete prosperidad terrena, ni nos librará de la calvicie. Ni de la muerte. El que quiera pelo, que viaje a Turquía. Cristo nos promete que tendremos vida eterna. Y, cuando gozas vida eterna, si se cae el pelo, no pasa nada. Y si te mueres, tampoco pasa nada. Morirás feliz tras haber sido un calvo feliz. Y te irás al cielo. Eso te promete Cristo.
(TOA12)











