A las mujeres que acompañaron a Jesús de pueblo en pueblo y de aldea en aldea las conocemos con el título de «santas mujeres». ¿Por qué? Apenas sabemos nada de ellas.
María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.
De María Magdalena sí sabemos, y lo suficiente como para avalar su fama de santidad. Pero ¿qué sabemos de Juana, de Susana, o de ésas otras de quienes no conocemos ni el nombre?
Sabemos lo más importante. Muchos siguieron a Jesús porque querían obtener algo: curaciones, expulsión de demonios, milagros… Pero estas mujeres seguían a Jesús solamente por un motivo: para darlo todo. No sólo sus bienes; también su vida. Su vida estaba volcada en Cristo.
Son dos formas distintas de entender la religión: el «Dios para mí» o el «Yo para Dios». Y una sola de estas formas conduce a la santidad. Por eso se las llama «santas mujeres», porque vivían para Dios hecho hombre.
No me queda espacio aquí para explicaros cómo los párrocos conocemos de cerca esta santidad de mujeres que viven para la Iglesia. Es tremendamente real.
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