Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

enero 2026 – Página 3 – Espiritualidad digital

La obsesión del santo

Un joven, a quien llamamos «el joven rico», se acercó a Jesús preguntando qué tenía que hacer para heredar vida eterna. En su favor diremos que era consciente de que necesitaba salvarse, y de que esa salvación requería que pusiera algo de su parte. Su error consistía en pensar que podía hacer algo para obtenerla. La vida eterna está fuera de nuestro alcance.

Contra lo que muchos piensan, uno no se salva por hacer algo, aunque ese algo sea muy bueno y se haga muchas veces. La Ley no era sino una preparación para la revelación final. Por eso Jesús, cuando el joven le dijo que la había cumplido, le respondió que le faltaba algo.

Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. La salvación del hombre es una persona: Cristo. Cristo lo es todo. Encontrarlo y amarlo es pasar de la nada al todo; de la muerte a la vida; de las tinieblas a la luz.

Sólo quien se ha obsesionado dulce y amorosamente con Cristo, quien ha sido irremediablemente secuestrado por su Amor, sabe que está salvado. Él no es quien nos dice cómo salvarnos; Él es la salvación. Abrazadlo, y no lo soltéis.

(TOA02)

Normalidad

Cerevisiam nolentes balde timeo. Traducidlo vosotros. Algunas personas piadosas me dan como miedo. Los veo siempre estirados, con un aire de superioridad atufado de jansenismo, encerrados en católicas burbujas e incapaces de meterse en un bar para tomar unas cervezas mientras ven el partido de fútbol con el resto de la clientela.

¿Por qué come con publicanos y pecadores? Respuesta: porque es normal, un hombre normal entre hombres normales. ¿Creéis que estaba predicando mientras comía? Seguramente, le preguntarían, y Jesús les hablaría de su Padre. Pero también reiría con ellos, y hablaría de sus cosas, y de lo que por entonces se hablara en la calle.

¡Qué bien lo pasaba Jesús con aquellas gentes! Y ¡qué bien lo pasaban aquellas gentes con Él! En ese pasarlo bien, los iría redimiendo como por contacto.

Un seglar católico no es alguien que se perfuma con incienso y bebe agua bendita, mientras va por la calle con un crucifijo enorme colgado del cuello. Eso es un bicho raro. Un seglar católico es una persona normal que ama desesperadamente a Jesucristo. Y se le nota cuando reza… y cuando ve un partido de fútbol tomando cerveza con los amigos. Alguien con quien da gusto estar.

(TOP01S)

El hombre de los tres milagros

En sentido estricto, «milagro» es la irrupción del poder de Dios en las leyes de la Naturaleza. Y, en ese sentido, el único milagro que aparece en el evangelio de hoy es el de unas piernas paralizadas que comienzan a moverse por intervención divina.

Pero a menudo, cuando decimos «milagro» nos referimos a hechos sorprendentes, extraordinarios. En ese sentido, el pasaje evangélico contiene tres milagros.

El primero es el del paralítico alpinista, primo segundo de Spiderman. Abrieron un boquete y descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Es el milagro de la amistad. Un paralítico con buenos amigos es capaz de escalar paredes y colarse por los techos. Bendito milagro. Que nos conceda Dios buenos amigos, y que nos dejemos ayudar.

El segundo milagro es, como dije, la curación: Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa. No es algo frecuente, pero en ocasiones nos lo concede Dios.

El tercer milagro, el más grande de ellos, es el perdón: Hijo, tus pecados te son perdonados. Y ése lo obra Dios cada día en el confesonario. Confesad con frecuencia. Porque quien tiene el alma en gracia, aunque se quede sin amigos y esté comido por la enfermedad, tiene vida eterna.

(TOP01V)

El leproso y la viejecita

En la primera parroquia que me asignaron, allá por el siglo pasado, había una viejecita que, nada más entrar en la iglesia, ignoraba el sagrario y se dirigía, como una flecha, a la imagen del Sagrado Corazón que había en un lateral del templo. Levantaba la mano, acariciaba los pies de la imagen y se la comía a besos. El párroco se enfadaba, porque la imagen se deterioraba con tanto manoseo. Y decidió levantarla un palmo, lejos del alcance de la devota. ¡Teníais que haberla visto a la pobre, intentando ponerse de puntillas para tocar aquellos pies!

Algunos dirán que hay que educar al pueblo, que el sagrario es mucho más importante que cualquier imagen… Quizá tengan razón. Pero entiendo a la viejecita. En su sencillez, sólo sabe amar a Jesús como ama a sus nietos: tocándolo.

Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio». ¿Era necesario que lo tocase? Para curarlo, no era necesario. Pero aquel hombre necesitaba sentir que era amado. Y, para eso, las manos hablan.

Con todo, hay un toque aún más excelso. Bienaventurado aquél que es tocado por Cristo en el mismo hondón del alma. Eso es el cielo en la tierra.

(TOP01J)

Buscabas algo y encontraste a Alguien

Aunque se suele señalar el milagro de las bodas de Caná como el inicio de la vida pública de Cristo, la verdadera actividad frenética del Señor comenzó en Galilea y, más concretamente, en Cafarnaún.

La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.

A partir de ese momento, la mayor parte de la vida de Jesús de Nazaret transcurrió entre multitudes. Y se trataba de multitudes que buscaban algo: salud, enseñanza, espectáculo…

No es malo buscar algo. Todo buscamos algo. Quizá deberíamos afinar para acertar bien con lo que buscamos, pero estamos todos muy necesitados. Por tanto, nada que reprochar a aquellas multitudes de pobres, hambrientos y endemoniados. Somos parte de esa congregación.

Lo verdaderamente malo es buscar algo, recibirlo y marcharte después. Porque ningún «algo» puede redimir al hombre, aunque ese «algo» sea tan noble como la paz de los espíritus. En nuestros días, muchos la buscan en los gimnasios y las farmacias.

Lo bueno es buscar algo, levantar la vista hacia quien te lo da y encontrarte con Alguien de quien te enamoras para siempre. Entonces estás redimido.

(TOP01X)

Cristo y los escribas

La enseñanza de Jesús no dejó indiferente a nadie. Mientras algunos lo escuchaban encandilados, otros se indignaban y salían enfurecidos. Desde luego, nada que ver con las prédicas de los escribas de la época.

Estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas.

Las diferencias eran inmensas. Los escribas desaparecían entre los rollos que leían; Cristo no necesitaba rollos, Él mismo era el origen de su discurso. En Él, su propia persona era más importante que sus palabras, porque entregaba jirones de su alma en cada frase. Nadie recuerda el nombre de aquellos escribas. Pero al nombre de Jesús toda rodilla se dobla.

También es verdad que, ante la enseñanza de aquellos maestros, nadie se levantaba encrespado y abandonaba la asamblea. A Jesús, sin embargo, lo mataron a causa de sus palabras. ¿Es verdaderamente una mala señal que un feligrés abandone la Misa a mitad de la homilía, indignado por las palabras del sacerdote? No necesariamente. Lo malo es que la gente se duerma durante el sermón.

Cuando hables de Cristo, no repitas lo que has leído. Habla de ti y de Él, implícate en tus palabras, pon pasión. ¿Resulta provocador? Mejor que mejor.

(TOP01M)

¡Ponte en pie!

Me hace gracia. Hasta ayer, cuando contemplábamos al Niño Dios en un pesebre, parecía decirnos, desde allí: «Venid a mí». «Venite adoremus», cantábamos.

Pero, de un día para otro, el Niño nos ha crecido, camina y tiene barba. Y ahora ya no dice «Venid a mí» (aunque también se lo escucharemos), sino:

Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres.

Son momentos distintos que marcan a fuego la vida de un cristiano. Porque la oración es un «Venid a mí». Allí, como en Belén, encontramos descanso en la contemplación del más hermoso de los hijos de Adán. Pero poco nos aprovecharía la oración si no nos levantamos. Tras haberlo conocido y haber caído rendidos y enamorados a sus pies, el Niño se levanta y nos dice: «No te quedes ahí parado. Si me amas, ven conmigo».

Es la hora de dirigirnos con Él al Calvario, la hora de entregar la vida, la hora de hacer verdad el «Te quiero» que se escapó de nuestros labios junto al pesebre.

Vamos camino de la Semana Santa. Y entonces, desde la Cruz, Jesús volverá a gritarnos: «Venid a mí». Y el pesebre se fundirá con el madero. Todo estará consumado.

(TOP01L)

“Misterios de Navidad

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad