Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

enero 2026 – Página 2 – Espiritualidad digital

La luz del mundo

Aún está viva en la memoria la estela del prólogo de san Juan, proclamado en Navidad: El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre (Jn 1, 9). Y hoy san Mateo reproduce las palabras del Profeta: El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande.

No entendemos el regalo que es la luz hasta que no oscurece y, de repente, todo se torna oscuridad y tinieblas. Y entonces, cuando al insomne lo rodean esos fantasmas que pueblan la noche, devorado por la angustia, anhela el día. Se le vuelven los minutos horas, y hasta llega a dudar de que amanezca. Dios nos libre de los terrores nocturnos.

Imaginad que Cristo desapareciera de nuestras vidas. Que no pudiéramos recitar ni una oración. Que no pudiéramos mirar un crucifijo ni una imagen de la Virgen. Que no hubiese Eucaristía. Imaginad lo que sería la muerte sin Cristo. Y lo que sería la vida sin Cristo: sólo tedio, tristeza y, quizás, una mala embriaguez.

Ahora volved a encender la luz, mirad a Cristo iluminándolo todo. ¡Qué hermosa es la vida entonces! ¡Hasta el dolor se vuelve dulce sufrido con Él!

¿Es o no es Jesús la luz del mundo?

(TOA03)

Fuera de sí

En el fondo, y aunque sus motivaciones y propósitos estaban inspirados por el Diablo, la familia de Jesús tenía razón.

Vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí.

Era cierto. Jesús estaba «fuera de sí». Siempre estuvo fuera de sí. Eso es lo que significa «éxtasis», la salida de uno mismo. Y Jesús estaba en permanente éxtasis. No era una enajenación mental, ningún hombre ha estado ni estará jamás tan cuerdo como Él. Era una enajenación existencial. Cristo no pensó nunca en sí mismo, vivió derramado y entregado. ¿Que a algunos eso les parecía locura? Tanto peor para ellos. Los mezquinos suelen tratar de loco a quien se entrega.

Pero sí. Tenían razón. Jesús estaba fuera de sí. Aunque se equivocaron en su decisión. Decidieron llevárselo, apartarlo de la circulación, cuando hubieran debido hacer lo que hicieron los habitantes de Cafarnaún: comérselo; rodearlo hasta estrujarlo y obtener de Él la salud de los enfermos y el consuelo de los tristes. Jesús se dejó comer. Pero a su familia no les permitió apartarlo de la misión encomendada por su Padre.

La pena no es que Jesús estuviera fuera de sí. La pena es que nosotros estemos tan ensimismados.

(TOP02S)

Amar es aventura arriesgada

JudasLa presencia de Judas Iscariote entre los doce elegidos por Jesús para ser apóstoles suscita muchas preguntas y sugiere varias respuestas muy valiosas.

Para empezar, no se nos pasa por alto el sobrenombre con que ese apóstol ha pasado a la Historia. Si Pedro fue llamado Simón y los hermanos Santiago y Juan fueron llamados hijos del trueno, el sobrenombre de Judas es bastante menos agradable:

Judas Iscariote, el que lo entregó.

¿Por qué lo eligió, si Jesús, Dios encarnado, sabía que iba a entregarlo? Lo eligió porque lo amaba, y lo eligió para que reinase con Él en el cielo. Ése era el destino asignado por Dios al Iscariote. Si ese destino se frustró –sólo Dios lo sabe– no fue, desde luego, por culpa de Jesús.

¿Por qué entregó Judas a Jesús? La respuesta es sencilla: porque llegó a odiarlo, y necesitaba quitárselo de encima.

Jesús se arriesgó al elegirlo, como se ha arriesgado al elegirnos a nosotros. Y perdió, como ha perdido tantas veces con nosotros. Es lo que tiene el amor, que te arriesgas a que te destrocen. Pero también el amor abre las puertas a los gozos más grandes.

Respondamos libre y generosamente a ese Amor.

(TOP02V)

La supuesta piedad de los demonios

De los demonios se puede decir que son mendaces, embusteros, malintencionados, envidiosos, malvados… Pero jamás pensé que pudiese haber demonios «piadosos». Y, probablemente, me habré equivocado. Los demonios no pueden ser piadosos. Pero no me negaréis que lo parecen:

Los espíritus inmundos, cuando lo veían, se postraban ante él y gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios».

Se postran en adoración como los Magos, y su profesión de fe es digna de un Juan Bautista o un san Pedro. Cualquiera diría que estos demonios van cada día a misa de siete. Pero…

Pero al corazón del Señor no le agradan sus adoraciones ni sus profesiones de fe. Porque no proceden de un espíritu enamorado, no hay amor en ellas, tan sólo hay temor. No es oro todo lo que reluce, ni piedad todo lo que reza.

Agrada más a Cristo el Amén de un santo que todas las postraciones y jaculatorias de los demonios. Y un santo que se persigna conforta más al Señor que los dos besos que recibió de Judas.

No te conformes con decir: «Ya rezo, ya voy a misa, ya me arrodillo ante la custodia». Dale al Señor lo que el Señor quiere: un amor encendido.

(TOP02J)

Lo que Jesús no pudo hacer

Se cuenta de santa Teresa –aunque no he logrado encontrar ningún escrito suyo que lo avale– que, en cierta ocasión, Jesús le dijo: «Teresa, yo quise, pero los hombres no quisieron». Se lo dijera o no el Señor a la santa, estas palabras encierran una terrible verdad.

«¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?» Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre: «Extiende la mano». La extendió y su mano quedó restablecida.

Jesús tenía ante sí dos enfermedades, una leve y otra grave. Con su poder de Dios pudo curar la mano paralizada del enfermo, que era la enfermedad más leve, puesto que no afectaba al alma; Él mismo acabaría su vida con las dos manos paralizadas en la Cruz, y así vencería al pecado y a la muerte.

Pero Jesús no pudo purificar el corazón de los fariseos. Perdonó pecados, acogió a publicanos y meretrices, pero no pudo sanar la soberbia de quienes no estaban dispuestos a ser sanados por Él.

¡Qué terrible es la soberbia, que reduce a la impotencia al propio Dios!

(TOP02X)

Satisfacciones de un buen padre

¿Conocéis a alguna de esas personas que parecen vigilar todo lo que haces para ver si metes la pata en algo y reprochártelo después? De lo suyo apenas se ocupan, están demasiado ocupados en mirar lo tuyo. Unos pesados insufribles. Dios los perdone. Pero capaces serán, cuando lo haga, de reprocharle que los ha perdonado en sábado. Porque ellos no perdonan ni al propio Dios.

Los discípulos, mientras caminaban, iban arrancando espigas. Los fariseos le preguntan: «Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?»

¡Menuda panda de tiquismiquis! Me pregunto si tendrían hijos. Y, como supongo que los tendrían, me pregunto si alguna vez alguien les anunció que Dios es Padre.

Cualquier padre goza viendo comer a sus hijos pequeños. Mi sobrino nieto de tres meses, Pablito, está gordo y sus padres son felices. Les preocuparía que estuviese delgado.

Porque ningún padre quiere que sus hijos pasen hambre. Y Dios nos lo ha demostrado enviándonos a Aquél que es el Pan del cielo, para que comamos hasta hartarnos. Por eso la Misa, que hubiera escandalizado a aquellos fariseos, es un gozo inmenso: porque nos hacer felices a nosotros al comer, y a Dios cuando nos ve saciarnos.

(TOP02M)

Los sufridores

Yo creo que, secretamente, se morían de envidia. Bueno, primero se morían de hambre, porque estaban ayunando. Y luego, cuando veían a los discípulos de Jesús sentados con Él a la mesa, comiendo y bebiendo, se morían de envidia y empezaban a salivar.

Como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vinieron unos y le preguntaron a Jesús: «Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?».

Entiendo lo de los fariseos. Eran tan puritanos como hipócritas. Pero los discípulos de Juan… ¿qué hacían en ese bando? ¿Acaso Juan no les había señalado a Jesús como el Cordero de Dios? ¿Cómo no se habían sentado a la mesa con Él?

Juan estaba preso, y aquellos guardianes de las esencias pensaban que le eran fieles manteniéndose en sus ayunos. Es como no comulgar para seguir guardando el ayuno eucarístico. Es no entender que aquel ayuno del Bautista estaba destinado a hacer hambre para el banquete. No creo que Juan estuviera orgulloso de ellos.

No hemos sido creados para sufrir, sino para gozar. Cuando ayunamos, es para comer algo mejor. Y cuando sufrimos, es para gozar algo mejor. Pasad, de Juan, a Cristo.

(TOI02L)

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