Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

31 enero, 2026 – Espiritualidad digital

Sé feliz

La palabra «bienaventurados» es una de esas palabras que uno sólo encuentra habitualmente en la Biblia. No es un término con el que estemos familiarizados en el lenguaje coloquial. Lo más parecido a ella en el lenguaje del día a día es «felices». Sólo la bienaventuranza es la felicidad verdadera. Los santos han sido las personas más felices de la Tierra.

Bienaventurados los pobres en el espíritu... Bienaventurados los que lloran… Bienaventurados los que tienen hambre… Bienaventurados los perseguidos…

Así desmantelamos el primer engaño. Ni la riqueza, ni el prestigio, ni la risa hacen feliz al hombre. Sólo lo embriagan. Se puede ser pobre y ser feliz, pasar hambre y ser feliz, ser ultrajado y ser feliz. Jesús, en su discurso, está dibujando un crucifijo. Está gritando: «También en la Cruz seré feliz».

Porque la felicidad sólo la trae el amor. Y si ese amor es el Amor, la felicidad se eleva hasta los límites celestiales de la bienaventuranza. Aunque te falte todo, si gozas del Amor serás la criatura más dichosa.

No te conformes con leerlo. Entra por caminos de oración, goza de la gracia de Dios en tu alma, ama a Cristo y recibe su Amor… ¡Sé feliz!

(TOA04)

No respondas. Pregunta y mira

Los apóstoles no entendieron nada, no podían entender, era demasiado pronto. Pero, sobrecogidos de asombro ante aquel hombre capaz de ponerse en pie y calmar una tormenta con una orden majestuosa, dejaron escapar de sus labios la pregunta clave:

¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!

Es preciso mantener la pregunta abierta, recorrer detrás de ella los tres años de vida pública, y encaramarse sobre los signos de interrogación para contemplar, desde ese asombro, el misterio de la Cruz.

¿Quién es éste? Despreciado, cubierto de ultrajes, escupido, azotado, desobedecido y burlado. ¿Quién es éste? Las olas de la muerte lo cubren mientras Él parece dormir. Los hombres le increpan: «¡Despierta, baja de la Cruz si eres Hijo de Dios!», «¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!», le dice otro crucificado con Él.

Pero es allí, en la Cruz, donde, en pie, está calmando la peor de las tormentas. Desde allí lanza a los demonios y a la muerte su orden terminante:

¡Silencio, enmudece!

Y desde allí, con el agua manada de su costado, trae a la Tierra una gran calma. Tanta, que al alma pacificada por ese Espíritu poco le afectan las tormentas de la vida.

(TOP03S)

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