Hay comercios a los que no vuelvo. En unos grandes almacenes cuyo nombre omitiré me engañaron con un supuesto cupón de regalo y llevo años sin pisarlos. Tampoco piso un restaurante cercano a mi casa donde me pusieron los cubiertos como si me los tiraran a la cara. El cliente siempre tiene razón. Si pago, busco quien me trate bien. Si me tratan mal, no vuelvo.
Ésta es una máxima sagrada para el comercio. Pero llevada a la religión es un absoluto desastre. «Padre, ya no voy a misa porque le pedí a Dios que se curase mi madre y mi madre murió». O sea, que eras un cliente de Cristo. Y, como no te dio lo que pedías, ahora le rezas a Buda o, directamente, no rezas. Chico, creo que te equivocaste. Ni Cristo es un camarero, ni la Iglesia es un restaurante.
El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre. Cuando lo entiendas, dejarás de ser cliente de Cristo. Pero serás hermano, hermana y hasta madre suya. Serás su familia. Cuando aprendas que Él siempre tiene razón y que somos nosotros quienes nos jugamos todo en hacer su voluntad.
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