Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

24 enero, 2026 – Espiritualidad digital

La luz del mundo

Aún está viva en la memoria la estela del prólogo de san Juan, proclamado en Navidad: El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre (Jn 1, 9). Y hoy san Mateo reproduce las palabras del Profeta: El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande.

No entendemos el regalo que es la luz hasta que no oscurece y, de repente, todo se torna oscuridad y tinieblas. Y entonces, cuando al insomne lo rodean esos fantasmas que pueblan la noche, devorado por la angustia, anhela el día. Se le vuelven los minutos horas, y hasta llega a dudar de que amanezca. Dios nos libre de los terrores nocturnos.

Imaginad que Cristo desapareciera de nuestras vidas. Que no pudiéramos recitar ni una oración. Que no pudiéramos mirar un crucifijo ni una imagen de la Virgen. Que no hubiese Eucaristía. Imaginad lo que sería la muerte sin Cristo. Y lo que sería la vida sin Cristo: sólo tedio, tristeza y, quizás, una mala embriaguez.

Ahora volved a encender la luz, mirad a Cristo iluminándolo todo. ¡Qué hermosa es la vida entonces! ¡Hasta el dolor se vuelve dulce sufrido con Él!

¿Es o no es Jesús la luz del mundo?

(TOA03)

Fuera de sí

En el fondo, y aunque sus motivaciones y propósitos estaban inspirados por el Diablo, la familia de Jesús tenía razón.

Vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí.

Era cierto. Jesús estaba «fuera de sí». Siempre estuvo fuera de sí. Eso es lo que significa «éxtasis», la salida de uno mismo. Y Jesús estaba en permanente éxtasis. No era una enajenación mental, ningún hombre ha estado ni estará jamás tan cuerdo como Él. Era una enajenación existencial. Cristo no pensó nunca en sí mismo, vivió derramado y entregado. ¿Que a algunos eso les parecía locura? Tanto peor para ellos. Los mezquinos suelen tratar de loco a quien se entrega.

Pero sí. Tenían razón. Jesús estaba fuera de sí. Aunque se equivocaron en su decisión. Decidieron llevárselo, apartarlo de la circulación, cuando hubieran debido hacer lo que hicieron los habitantes de Cafarnaún: comérselo; rodearlo hasta estrujarlo y obtener de Él la salud de los enfermos y el consuelo de los tristes. Jesús se dejó comer. Pero a su familia no les permitió apartarlo de la misión encomendada por su Padre.

La pena no es que Jesús estuviera fuera de sí. La pena es que nosotros estemos tan ensimismados.

(TOP02S)

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