Evangelio 2020

Sábado de la 6ª semana de Pascua – Espiritualidad digital

El don de piedad

Solemos llamar «piadosas» a personas que pasan mucho tiempo en la iglesia. Pero hay quien pasa mucho tiempo en la iglesia y no es nada piadoso. Y hay quien reza mucho, pero reza como un pagano. La piedad no se mide así.

El don de piedad es uno de los siete dones del Espíritu, y, cuando se posa en lo profundo del alma, la rejuvenece hasta tal punto que el cristiano se vuelve niño, tan niño que casi no sabe hablar, tan niño que apenas balbucea: «Papá», «Papito».

Vivimos, entonces, como hijos pequeños de Dios. Nada nos altera, porque nos sabemos rodeados de los fuertes brazos del Padre, y en ellos dormimos en medio de las mayores contrariedades.

Cuando pedimos, pedimos con atrevimiento y confianza, como los niños, que saben que su Padre los ama, y quiere lo mejor para ellos. Y cuando Dios escucha la súplica de sus pequeños, se enternece y sonríe. Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere.

En ocasiones, para un niño, la mejor súplica consiste en mirar a Dios con ojitos de pena y musitar: «¡Papá!». ¡Eso es piedad!

(TP06S)

El día y la hora

Permaneced atentos al reloj, y no quitéis ojo al calendario, porque hay una hora, y también un día. No me refiero al smartwatch que lleváis en la muñeca, ni la app «calendario» de vuestros smartphones. Hablo del tiempo de Dios.

Viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que os hablaré del Padre claramente. Es la hora en que fue derramado el Espíritu de la verdad, quien imprime en nuestros corazones la noticia sin palabras, en anuncio inefable de Dios. Es la hora en que el corazón de Jesús, traspasado por la lanza, derrama sangre y agua. Es la hora de quienes, como María y Juan, están allí, recibiendo ese manantial de luz.

Aquel día pediréis al Padre en mi nombre. Es el día, tan esperado, de Pentecostés. Es el día en que el Espíritu orará en nosotros con gemidos inefables. Anteayer comenzamos el decenario, y así vamos preparando el corazón para que el Paráclito, cuando llegue, lo inunde todo. Ese día pediremos, no desde nuestros corazones enfermos, sino desde el corazón del propio Cristo. Pediremos en Amor, porque el Espíritu es Amor, y el Padre mismo nos ama, y nosotros amamos al Hijo… y seremos escuchados.

(TP06S)