El individualismo que azota Occidente desde la Revolución Francesa nos ha hecho perder la perspectiva. Apenas nos sentimos parte de un pueblo, mucha gente vive en chalets rodeados de muros y su casa es su castillo, su patria y su mundo. El vecino está lejísimos, y sus dolores y alegrías son sólo suyos.
Nos queda el deporte. Si nuestra selección de fútbol gana un Mundial, lo hemos ganado todos (sólo si gana, porque, si pierden, «han perdido») y todos los celebramos, aunque no hayamos tocado el balón sino la cerveza.
Pues al deporte me aferraré, si es lo que queda. Y aunque no imagino a la santísima Virgen jugando al fútbol, me alegraré porque su coronación es la nuestra. Ella ha sido ensalzada como reina de cielos y tierra, y con ella todos sus hijos hemos sido nombrados hijos de reyes, príncipes celestiales y dueños de la Creación.
¡Cómo no enorgullecernos! Tenemos por madre a la mujer más hermosa de la Historia, y en las estrellas que orlan su corona lleva engarzados nuestros nombres. Nos mira desde su trono del cielo con una ternura infinita, y nos cuida como a sus hijos pequeños.
Hemos ganado el Mundial de la Historia.
(2208)











