Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Espiritualidad digital – Página 14 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

¡Qué bueno has sido conmigo!

Las palabras del Magnificat son el fruto de un silencio. Desde que el ángel se retiró, María quedó sumergida en una oración profunda. Mientras se palpaba el vientre, su corazón recorría las Escrituras, y se iba viendo a sí misma reflejada –o, mejor, anunciada– en Ana, la madre de Samuel; en la esposa del rey del salmo 44… Judit, Ester, Rut… Todas ellas están en el Magnificat. En ese tiempo de oración, María comprendió su propia vida y reconoció lo bueno que había sido Dios con ella. ¿Acaso no puede resumirse todo el canto diciendo «¡Qué bueno ha sido Dios conmigo!»?

El Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo.

¿Por qué no compones tu propio magnificat? Pide luces al Espíritu y repasa tu historia viendo en ella las maravillas de Dios. Aparca tus quejas hasta después de las fiestas (y si quedan aparcadas para siempre, mejor aún) y llénate de gratitud. Gracias por que me creaste, gracias por que me amas, gracias por mis padres, gracias por mi bautismo, gracias por la fe, gracias por los amigos, gracias ¡por los dolores!, gracias por lo bueno que has sido conmigo.

Ya estás preparado para recibir al Señor.

(2212)

“Misterios de Navidad

La épica del silencio

¿Qué esperaban los judíos del Mesías?

Cuando un silencio apacible lo envolvía todo y la noche llegaba a la mitad de su carrera, tu palabra omnipotente se lanzó desde el cielo, desde el trono real, cual guerrero implacable, sobre una tierra condenada al exterminio; empuñaba la espada afilada de tu decreto irrevocable, se detuvo y todo lo llenó de muerte (Sab 18, 14-16).

Eso esperaban: Un guerrero, un rey armado hasta los dientes que sembraría muerte y cataclismos hasta la victoria final. Pero no entendían que aquella guerra no se libraba con espadas de acero, y que aquella muerte sería la del propio Ungido. No entendieron la épica del silencio.

José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo.

Por eso no lo reconocieron: porque llamó suavemente a puertas pequeñas, como María y José, y esas puertas se abrieron sin hacer ruido sobre los goznes de la obediencia.

No busques la Navidad en el ruido. Escucha la llamada silenciosa, confiesa tus pecados, ora, abre las puertas del corazón a María y a José. Entra en la épica del silencio, y deja el ruido para los del matasuegras.

(TAA04)

“Misterios de Navidad

Una mujer de rodillas

Una mujer de rodillas no es un militar en primer tiempo de saludo.

El militar recibe una orden. Se cuadra ante su superior y, a partir de ese momento, la misión queda en sus manos. Cuando esté cumplida, en primer tiempo de saludo dirá a su superior: «¡Sin novedad!».

El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret. Llamamos a esta escena «anunciación». Y hay motivo para ello. Dios no está dando una orden a la Virgen; le está anunciando su plan de salvación. Será la Trinidad misma quien lo lleve a cabo. El Padre enviará al Espíritu a las entrañas de María, y el Espíritu dejará allí al Hijo encarnado. Después, ese Hijo redimirá la tierra y rescatará al hombre sepultado en el pecado y la muerte.

A la Virgen se le pide permiso. Sin ese permiso no habrá redención. Por eso no se cuadra como el soldado, sino que se postra enamorada: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Treinta y tres años más tarde, será el Hijo quien diga al Padre: Está cumplido (Jn 19, 30).

¿Te atreverás a decirle a Dios: «Haz lo que quieras conmigo»?

(2012)

“Misterios de Navidad

¿Cómo se recibe una palabra?

Faltan seis días para que escuchemos, en la misa de Navidad, la noticia que debería llenar de luz la tierra: La palabra se hizo carne (Jn 1, 14).

Seremos salvados por una palabra. Una palabra pronunciada por Dios desde siempre, su Hijo único, que se hará presente entre nosotros revestido de nuestra misma carne. Sólo se nos pide que lo recibamos: A cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios (v. 12).

¿Cómo se recibe una palabra? Con el silencio. Si veo que estás a punto de hablar, y me importa lo que tienes que decirme, me callo y escucho con atención. Si Dios va a hablar, y va a hablar en voz baja, el mundo entero debería callar.

Te quedarás mudo, sin poder hablar, hasta el día en que esto suceda. Lo que Zacarías aprendió a la fuerza deberíamos nosotros ponerlo en práctica con alegría. Sé que son días de ruido, de mucho ruido. Por eso el mundo no puede recibir al Salvador. Pero buscad vosotros momentos generosos de silencio cada jornada, con la mirada puesta en el Belén y el alma abierta de par en par, para que podáis acoger esa Palabra que os salvará.

(1912)

“Misterios de Navidad

Lo que espero

JesúsEl nombre de Jesús no es casual.

Le pondrás por nombre Jesús.

Jesús es el mismo nombre que Josué, y Josué significa «Dios salva». Fue Josué quien introdujo al pueblo de Israel en la tierra prometida. Y viene Jesús a llevarnos a casa, a sacarnos del pecado y las tribulaciones de este mundo y devolvernos al hogar.

Llevo todo el Adviento preguntándome qué espero. Porque si no espero nada, salvo la enésima repetición de los ritos que cada año celebramos a finales de diciembre, entonces he perdido la esperanza y no hay, para mí, ni Adviento ni Navidad. Sólo aburrimiento y monotonía. Y trabajo.

La respuesta a esa pregunta brota sola, ni siquiera necesito pensarla. Espero ser rescatado. Necesito ser rescatado. Espero, por tanto, a un rescatador, que es lo mismo que un redentor.

Necesito ser rescatado de las urgencias de este mundo, de las preocupaciones, de las mentiras y, por supuesto, de los pecados, de las malas inclinaciones que hay en mí. Necesito ser rescatado del tiempo, el tiempo es una red que me atenaza y me arrastra. Y necesito, tras ser rescatado, que me lleven a casa. Con Jesús, José y María.

Eso espero. Ésa es mi esperanza.

(1812)

“Misterios de Navidad

Los engendros

Ahora a los niños les enseñan en el cole cosas de género y prácticas ecosostenibles, Pero, cuando yo era niño, en el colegio nos enseñaban el árbol genealógico de Jesús:

Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus hermanos. Judá engendró, de Tamar, a Fares y a Zará

No creo que nos lo hicieran aprender de memoria, pero recuerdo que teníamos que leerlo en voz alta. Mis amigos y yo llamábamos a ese texto «los engendros». Era muy difícil leerlo sin que se escapase la risa.

Y la risa es buena, muy buena. Pero se convierte en sonrisa como se postran las olas en la playa cuando la lista de engendros llega al final:

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

Eso lo descubrí de mayor, claro. Con estas palabras, Dios nos prepara una casa. Los tres últimos nombres del árbol genealógico del Redentor forman un hogar: José, María, Jesús. Nuestro hogar.

Por eso, en Navidad, ante el calor de este hogar, nos sentiremos forasteros y desterrados en este mundo, y familiares directos de Dios. Es nuestro nuevo árbol genealógico: José, María, Jesús y yo.

(1712)

“Misterios de Navidad

San Romualdo y los monjes

San Romualdo se convirtió tras haber cometido un crimen. Contempló cómo su padre asesinaba a su tío sin hacer nada por impedirlo. Y, arrepentido de su pecado, ingresó en un convento. Los monjes que componían la comunidad de aquel convento le habían entregado al Señor su «sí» varios años atrás. Y cuando vieron que aquel joven converso se tomaba en serio la regla monástica y procuraba en verdad ser santo, se volvieron contra él, llenos de envidia, lo apalearon y lo quisieron tirar desde la azotea.

Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él le contestó: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue.

En ocasiones, quien dijo «no» a Dios se convierte a Él, y quien dijo «sí» ha dejado de servir a su Señor. Aquellos monjes aburguesados se negaron a aprender del joven postulante recién convertido.

Pero lo mismo hubiera podido sucederle a Romualdo si, movido por el mal ejemplo de aquellos monjes, se hubiese vuelto como ellos.

Fácilmente el «sí» se vuelve «no» cuando no estamos vigilantes.

(TA03M)

“Misterios de Navidad

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