La llama que nos llevará al cielo

Los bancos de mi iglesia no pecan, pero tampoco aman. Son útiles para esta vida, pero no están invitados al cielo. Simón Pedro negó tres veces a Jesús, pero lo amaba con locura. Tiene las llaves del cielo.

Preocúpate, sobre todo, de vivir en gracia y amar a Cristo. Ora ante el sagrario, medita los evangelios, confiesa con frecuencia y comulga con fervor. Hasta que te enamores del todo.

Quizá entonces sigas pecando, aunque te dolerá mucho más.

El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. Las diez vírgenes se durmieron. Pero ninguna fue excluida del banquete por dormirse. Os aseguro que no serán nuestros pecados los que nos impidan ir al cielo.

Las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. Por pecadores que seamos, hay una llama que nos abrirá las puertas del cielo. Si esa llama está encendida cuando llegue el Esposo, seremos recibidos en el banquete. Si está apagada, quedaremos fuera.

En una palabra, quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor (1Co 13, 13). Ésa es la llama, encendida en nuestros corazones por la gracia santificante. Quien vive en Amor morirá en Amor.

(TOA32)