La importancia de las cosas sin importancia
El terrible pecado del rey David comenzó por una siesta a destiempo. Y la santidad de mi querida Marta comenzaba por una mesa bien puesta y una cubertería limpia para Jesús. Tanto los pecados como la santidad tienen su grano de mostaza.
El que es fiel en lo poco también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco también en lo mucho es injusto.
Cuando hay amor, no existe nada que no tenga importancia. Comenté a mis feligreses cómo una mujer se dio cuenta de que su marido la había dejado de amar cuando comenzó a comprarle los regalos de aniversario en tiendas de «todo a un euro». En el locutorio de unas religiosas de clausura me confesaba una monja sus deseos de martirio. Y la priora, entre risas, me dijo: «Quiere ser mártir, pero no quiere fregar los platos del desayuno».
Levantarse de la cama a su hora. Detenerse a las doce en punto para rezar el Ángelus. Tener la habitación ordenada. Cuidar el aseo personal. Ser puntual en las citas. Llegar pronto a misa… ¿Crees que son cosas sin importancia? Pues te diré que en esas «cosas sin importancia» se fraguan las grandes santidades.
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