En mi pueblo hay varias personas que viven en la calle. Duermen bajo un puente, o en el camarín de un cajero automático, o sobre un banco del parque. Desde Cáritas parroquial les hemos ofrecido albergues… pero no quieren. Quieren vivir así. Cuesta entenderlo, sólo puede deberse a una patología del comportamiento. Porque el ser humano necesita un hogar, una puerta tras la cual uno se sepa en casa y se sienta seguro.
¿Qué voy a hacer, pues mi señor me quita la administración? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Fijaos en este personaje. No sólo se va a quedar sin trabajo; teme quedarse en la calle.
Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa. Ahí lo tenéis: está buscando una casa.
Realmente, es como nosotros. Como él, nos sentimos huérfanos y forasteros en este mundo, y procuramos hacernos amigos del Señor para que nos reciba en Casa.
Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida (Sal 26, 4). Porque, para los amigos de Jesús, su Casa es nuestra Casa: el cielo.
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