Almendras, monedas, ovejas y almas
Lo de la señora buscando la moneda siempre me ha hecho gracia.
¿Qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra?
A mí me pasa con los frutos secos. Cuando, después de cenar, me entrego al vicio de las almendras, si se me cae una detengo el televisor y me pongo a buscarla, remuevo el cojín de la butaca, me agacho y palpo la alfombre, meto la mano debajo del sofá, y no paro hasta que la encuentro.
Pero esta mujer busca algo más valioso. Con una moneda puedes comprar muchas almendras. Por eso, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice: «¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido».
Esa alegría es nada en comparación con la que llena el corazón de Cristo en el cielo cada vez que llega allí uno de los suyos. En ocasiones, mientras nosotros lloramos a los muertos, en el cielo hay una fiesta. Fiesta para el Pastor, que recuperó a su oveja. Fiesta para el difunto, que llegó a Casa. Nuestras lágrimas deberían llenarse de esperanza.
(TOI31J)











