Estamos llegando a casa
Ya pasé esa época en que, por estas fechas, soltaba fuego por la boca arremetiendo contra el dichoso Halloween. Hoy sé que no vale la pena. Se nos llena la garganta de tinieblas. Y damos protagonismo a un Enemigo empeñado en llamar la atención. Mejor ignorarlo.
Mejor llenarnos de luz la boca. Porque noviembre se inicia con una catarata de luz. Se abren las puertas del cielo, y contemplamos a una multitud de hermanos nuestros que han llegado a Casa y cantan jubilosos la gloria del Cordero.
Sí. He escrito «a Casa». Nuestra casa no está aquí, aquí vamos de camino. Y, mientras nos fatigamos con cada paso, para que no nos desanimemos, la Iglesia nos va sirviendo el aperitivo de ese banquete celestial. Y pregustamos el Amor de Dios, gozamos la vida eterna, saboreamos cada comunión… Eso nos llena de esperanza.
Los santos nos esperan y nos alientan. Nos recuerdan cada día que se nos está preparando una mesa en el Hogar. Y entonces sentimos prisa, quisiéramos llegar ya y sentarnos con ellos.
Pero aún tenemos un camino que recorrer. Y muchas almas que recoger a nuestro paso. Alguien se ha empeñado en que lleguemos a Casa con hambre.
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