Orad sin interrupción (1Tes 5, 17), dice san Pablo a los Tesalonicenses. ¿Imaginas que lo hiciéramos así, que día y noche estuviéramos en diálogo con Dios? ¿No convertiría esto la vida en cielo? ¿Pecaríamos, si estuviésemos en constante oración?
Me preguntas cómo hacerlo, cómo mantenerte en oración mientras haces la compra, conduces, fríes un huevo o mientras sueñas. Y te diré cómo no hacerlo. Si sólo te encuentras con Cristo en los momentos dedicados expresamente a la oración, el resto del día andarás perdido, o estarás renegando del trabajo y deseando volver al templo para poder orar tranquilo. El presente, los acontecimientos de la vida diaria, serán tan extraños para ti como si alguien te hablara en un idioma desconocido.
¿Cómo no sabéis interpretar el tiempo presente? ¿Cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que es justo?
Interpreta el tiempo presente, juzga lo que es justo, escucha la voz de Dios en una puerta que se abre, un automóvil que arranca, una persona cargante que se te acerca o el crepitar del huevo en la sartén mientras se fríe. Y, terminado el día, duerme desgranando las cuentas del rosario. Así, si te despiertas de madrugada, lo harás con un avemaría.
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