Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

7 noviembre, 2026 – Espiritualidad digital

La llama que nos llevará al cielo

Los bancos de mi iglesia no pecan, pero tampoco aman. Son útiles para esta vida, pero no están invitados al cielo. Simón Pedro negó tres veces a Jesús, pero lo amaba con locura. Tiene las llaves del cielo.

Preocúpate, sobre todo, de vivir en gracia y amar a Cristo. Ora ante el sagrario, medita los evangelios, confiesa con frecuencia y comulga con fervor. Hasta que te enamores del todo.

Quizá entonces sigas pecando, aunque te dolerá mucho más.

El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. Las diez vírgenes se durmieron. Pero ninguna fue excluida del banquete por dormirse. Os aseguro que no serán nuestros pecados los que nos impidan ir al cielo.

Las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. Por pecadores que seamos, hay una llama que nos abrirá las puertas del cielo. Si esa llama está encendida cuando llegue el Esposo, seremos recibidos en el banquete. Si está apagada, quedaremos fuera.

En una palabra, quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor (1Co 13, 13). Ésa es la llama, encendida en nuestros corazones por la gracia santificante. Quien vive en Amor morirá en Amor.

(TOA32)

La importancia de las cosas sin importancia

El terrible pecado del rey David comenzó por una siesta a destiempo. Y la santidad de mi querida Marta comenzaba por una mesa bien puesta y una cubertería limpia para Jesús. Tanto los pecados como la santidad tienen su grano de mostaza.

El que es fiel en lo poco también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco también en lo mucho es injusto.

Cuando hay amor, no existe nada que no tenga importancia. Comenté a mis feligreses cómo una mujer se dio cuenta de que su marido la había dejado de amar cuando comenzó a comprarle los regalos de aniversario en tiendas de «todo a un euro». En el locutorio de unas religiosas de clausura me confesaba una monja sus deseos de martirio. Y la priora, entre risas, me dijo: «Quiere ser mártir, pero no quiere fregar los platos del desayuno».

Levantarse de la cama a su hora. Detenerse a las doce en punto para rezar el Ángelus. Tener la habitación ordenada. Cuidar el aseo personal. Ser puntual en las citas. Llegar pronto a misa… ¿Crees que son cosas sin importancia? Pues te diré que en esas «cosas sin importancia» se fraguan las grandes santidades.

(TOP31S)

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