En la salud y en la enfermedad

En el medio de formación cristiana al que asisto todas las semanas hacemos siempre un examen de conciencia. Y en ese examen, la primera pregunta nos interroga sobre si hemos dedicado todos los días el tiempo necesario a la oración. Y añade: «salvo caso de enfermedad». Hace años, yo me hacía preguntas con esto: «Hombre, cuando uno está enfermo es cuando más tiempo tiene para rezar, ¿no?».

Hasta que estuve enfermo de verdad, en el hospital. Ahí descubrí que la enfermedad es lo menos piadoso del mundo. Lo que menos me apetecía era rezar. Y lo que más me apetecía era dormir; que se fueran todos los buenos amigos que me visitaban y me dejasen dormir. Ahí también descubrí que quien preparó ese examen de conciencia era una persona con sentido común.

Mujer, quedas libre de tu enfermedad. Cuando Jesús pronunció estas palabras, la enfermedad de aquella mujer desapareció. Pero las palabras del Señor siempre van más allá. Yo le pido que la enfermedad, o el malestar, o una noche mal dormida, no nos aprisionen. Que, aunque el cuerpo esté lastrado por la debilidad, el alma pueda elevarse libremente hacia Dios. Que ni siquiera la misma muerte atrape el alma.

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