El reino de Dios entrando en un despacho

Imagínate que entro en el supermercado provisto de un megáfono, me subo al congelador de los guisantes, y grito desde allí: «¡El reino de Dios ha llegado a vosotros!». ¿Cómo me mirarían los que están haciendo la compra? ¿Cuánto tardaría el encargado del supermercado en llamar a algún vigilante para que me sacara de ahí? Eso si no se rompe el cristal del congelador y quedo sepultado entre bolsas de guisantes con megáfono y todo, claro.

Si entráis en una ciudad y os reciben, decidles: «El reino de Dios ha llegado a vosotros».

El reino de Dios puede anunciarse a grito pelado, desde luego. Los apóstoles lo hicieron en Pentecostés, y el Espíritu bendijo su predicación con abundancia de bautismos. Pero hay más formas.

Lunes por la mañana en un despacho de abogados. Nadie habla apenas, todos visten cara de lunes. Hasta que entra un joven abogado sonriendo, dando a cada uno los buenos días y preguntando a uno de ellos por su madre enferma. El jefe le pregunta: «¿Qué desayunas los lunes, para venir así?». Él responde: «Es que vengo de misa». El reino de Dios ha llegado a vosotros. El lunes siguiente, el jefe está también en misa.

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