El fervor del converso

NaamánSe molestaron mucho los nazarenos cuando Jesús les puso como ejemplo a un extranjero, Naamán, que fue curado de la lepra por Eliseo. Pero aquel hombre, cuando fue sanado, se llenó de gratitud hacia el profeta y profesó su fe en el verdadero Dios. Los nazarenos, sin embargo, habían tenido a Dios en persona conviviendo junto a ellos durante años y lo quisieron despeñar por un barranco. Ya lo veis: gratitud en el de lejos, desprecio en los de cerca. Llamadlo, si queréis, «fervor del converso». Pero también podemos hablar de la tibieza de los «buenos».

En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Conozco el fervor del converso. Dios me ha concedido ver muchas conversiones. Pero yo he creído desde niño; apenas recuerdo un domingo en que no haya ido a Misa. Y hace más de treinta años que no he pasado un día sin comulgar. Por eso le pido a Jesús que no se me enfríen los ojos cuando lo miro, que cada día me postre ante el sagrario con el corazón más enamorado y jamás deje de conmoverme el Crucifijo.

Pedidlo vosotros también: fe de teólogos, oración de místicos y fervor de conversos.

(TC03L)