Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Tiempo Ordinario (ciclo impar) – Página 18 – Espiritualidad digital

El pacto de los hermanos Marías

El escritor español Julián Marías contaba que, de niño, hizo un pacto con su hermano: Ninguno de los dos mentiría jamás. En lo que a él respecta, aseguraba haberlo cumplido. Y así debía ser, porque, de otra forma, lo habría incumplido al decir eso.

Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Toda mentira viene del Maligno, el llamado padre de la mentira. No hay mentiras piadosas; piadosos son los padrenuestros, jamás las mentiras. Dejando aparte las bromas (que son otra cosa), un cristiano no debería mentir nunca. Su «sí» debería ser «sí», y su «no», «no».

Cosa distinta es el silencio. Porque, si la mentira es siempre pecado, el silencio es muchas veces virtud (no siempre). La discreción es buena pauta de conducta. No tengo por qué decirle todo a todo el mundo. Hay verdades que, según la ocasión y el momento, conviene callar. ¿O acaso, por ejemplo, te sentirás autorizado a proclamar los defectos de tus hermanos con la excusa de que «es verdad»? Por muy verdad que sea, mejor cállatelo. Sé discreto.

Vuelvo al pacto de los hermanos Marías. Y a ese deseo de no mentir jamás. Ese pacto agrada mucho a Cristo. Él es la Verdad.

(TOI10S)

Mira bien a dónde miras

Los ojos son las ventanas abiertas del alma. Por ellos entran y salen ángeles y demonios, luces y ruidos. Por ellos se escapa el corazón o se llena de claridades. Con ellos matamos o amamos. Mira bien a dónde miras, porque no hay mirada que deje indiferente. Todas dejan huella en nosotros y en los demás.

Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. Una mirada lujuriosa siempre mancha el corazón. Ni siquiera la gracia del perdón sacramental borra esa mancha, porque el corazón tiene memoria. Y proyecta sombras después en el recuerdo, y el recuerdo se vuelve tentación. La mejor prevención contra la lujuria es guardar bien la vista.

Nuestros ojos fueron creados para contemplar el rostro de Cristo. Por eso, la mirada al crucifijo, o a imágenes de la Virgen, purifica mucho el corazón y lo limpia, poco a poco, de las manchas que dejaron en él miradas sucias.

Ten en tu casa imágenes de la Virgen, y un crucifijo en el dormitorio. Míralos con cariño. A mí me gusta tener un cuadro de la Señora cerca del televisor; nunca sabes cuándo tus ojos necesitarán refugio. Mejor tenerlo cerca.

(TOI10V)

La verdadera grandeza

La verdadera grandeza no se identifica con el tamaño. Nuestro mundo se equivoca mucho en eso. Protege al elefante y mata al embrión. Pero nuestro mundo está ciego, es incapaz de captar la verdadera grandeza. Una persona puede ser enorme, inmensa, y pasar perfectamente desapercibida a los ojos de este mundo nuestro tan absurdo y necesitado de sanación. Mientras tanto, los mediocres hacen ruido, acumulan prestigio y son tenidos por grandes.

El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos. Te diré dónde está la verdadera grandeza. Es la vida de un hombre que no tiene otro deseo que hacer la voluntad de Dios. No le preocupa lo que piensen o digan de él en la tierra, tan sólo quiere agradar a su Padre celestial. Si consigue que Jesús sonría, se tiene por el más feliz de los mortales. Por eso se hace niño, se convierte en el último de los hombres, y procura no desviarse a derecha ni a izquierda del camino trazado por Dios.

(TOI10X)

Dios nos libre de las luces led

Antes, para cambiar una bombilla más te valía servirte de un pañuelo. Ay de ti como tocases la bombilla incandescente. Ahora las luces son más baratas y más frías. Son led. Y puedes tocarlas sin quemarte. Es verdad que ahorramos mucho, pero eso de la luz fría me parece un contrasentido. Además, cambian tan deprisa los modelos de led que nunca encuentras recambio; si se apaga, tienes que cambiar la lámpara entera.

Algunos que se dicen cristianos sustituyeron la luz del Crucifijo por una luz led. Encontraron la forma de practicar la piedad sin quemarse, sin entregar la vida. Rezan, disfrutan de una espiritualidad llena de consuelo y sentimiento, pero ni queman ni se queman. Es muy cómodo; tú te pegas la vida padre y luego vas al templo a rezar como quien va al balneario. Muy chic.

Vosotros sois la luz del mundo. Dios nos libre de ser luces led. No queremos ser luz fría. Queremos quemarnos y quemar. Y tampoco queremos ahorrar ni ser baratos. Queremos entregarnos del todo, derrochar la vida en el anuncio del evangelio. Queremos ser antorchas. Consumirnos e incendiar la tierra con el fuego del Espíritu. Pagaremos con sangre la factura de la luz.

(TOI10M)

¿Y tú?

Tras la marcha del joven rico, Jesús quedó triste. Aquél a quien había amado se había dado la vuelta y había rechazado su Amor. ¡Cómo se aflige el corazón de Cristo cuando los hombres nos negamos a dejarnos querer por Él!

Pedro se percató de la tristeza del Maestro, y quiso consolarlo: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.  Lo decía en serio. Realmente lo había dejado todo por Jesús. Su trabajo, su familia, sus planes, su vida… ¡su suegra, pobrecita! No le quedaba nada… salvo el propio Jesús. Él era ahora su riqueza.

Jesús respondió con una promesa maravillosa: No hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más –casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones– y en la edad futura, vida eterna. Se le olvidó prometerle también cien suegras, no sé por qué.

Bromas aparte, ahora te toca a ti. Has recibido mucho, has sido muy amado. ¿Le podrías decir al Señor que has dejado todo por Él? ¿A qué has renunciado?

(TOI08M)

Mirándolo, lo amó

El pasaje del «joven rico» aparece en los tres evangelios sinópticos. Pero sólo san Marcos nos ofrece un detalle que marca la escena por completo. Cuando el joven confiesa a Jesús que ha cumplido los mandamientos, Jesús se quedó mirándolo, y lo amó.

No lo amó porque cumpliera los mandamientos. Además, probablemente era mentira. No en vano dice la Escritura: Absuélveme de lo que se me oculta (Sal 18, 13). Jesús lo amó porque lo amó, simplemente. Como nos ama a ti y a mí.

Uno podría quedarse contemplando esa mirada, esos ojos enternecidos del Maestro, esa sonrisa, esa mano sobre el hombro del muchacho… No entenderemos el Amor de Cristo hasta que no nos sepamos mirados por Él con semejante dulzura. Creo, sinceramente, que la aventura de la oración consiste, en gran parte, en dejarnos mirar por Jesús.

Si aquel joven se marchó triste fue, probablemente, porque bajó la cabeza para evitar que esa mirada le robase lo que no quería entregar: el corazón. ¡Es tan fácil darle todo al Señor cuando nos dejamos mirar por Él! Y es que Jesús no pide primero y ama después; ama primero y, cuando recibes ese Amor, sientes deseos de entregárselo todo.

(TOI08L)

Lo que sabemos del infierno

Sabemos que el infierno existe. Además, si el infierno no existiera, Cristo no sería el Salvador. ¿De qué nos habría salvado? ¿de un dolor de cabeza?

Ahora bien: aparte de saber que existe, del infierno sabemos muy poco. Podemos presumir que algunos hombres –muchos o pocos– hayan caído en él, pero la Iglesia, que canoniza a los santos, nunca da a nadie por condenado. Por tanto, no tenemos ni idea acerca del número de los perdidos.

Sabemos algo más: quienes se hayan condenado, no ha sido a causa de sus crímenes. Quizá por eso quiso Jesús que un criminal lo acompañase al cielo desde la Cruz. Allí, en el Calvario, Cristo ha obtenido de su Padre el perdón de todas las culpas. El pecador no tiene más que acercarse a esa fuente de agua y sangre, derramada en los sacramentos de la Iglesia, para encontrar la salvación.

Quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Si algún hombre se ha condenado, es porque no ha querido recibir ese perdón. Por tanto, no ha sido por hacer el mal o por no hacer el bien, sino por haber rechazado el Amor. Es decir, el cielo.

(TOI07S)

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