Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Pascua – Página 7 – Espiritualidad digital

Ventanas abiertas al cielo

Quizá ayer pensasteis que el comentario al evangelio era un galimatías. No he subido, pero subo; vengo, pero me voy; estoy, pero no me quedo… Son trabalenguas de borracho. Porque en este domingo, como en Pentecostés, la Iglesia está borracha.

Y, con permiso de la ebriedad, tratará la lengua de explicarlo mejor. El Hijo de Dios no ha venido a la tierra para quedarse donde estamos nosotros, sino para tomarnos y llevarnos a nosotros al cielo, donde Él está. Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria (Jn 17, 24).

Les explicó lo que se refería a él en todas las Escri­turas… Tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. La Escritura y la fracción del pan, presentes en la Eucaristía, son ventanas abiertas al cielo. Y aunque tus ojos, como los de aquellos dos discípulos, no distinguen el rostro del Señor mientras caminas, al sentarte con Él a la mesa del altar, escuchar la Palabra y recibir su cuerpo, el alma se ilumina por la fe y lo reconoces. Entonces te das cuenta de que, durante la Misa, estás en el cielo.

(TP01X)

No he subido, pero subo

No podemos negarle a Cristo resucitado el derecho al misterio. Él es el Misterio que ilumina la existencia del cristiano con brillos de cielo. ¿Qué tiene, entonces, de extraño que sus palabras sean misteriosas?

No me retengas, que todavía no he subido al Padre… Subo al Padre mío y Padre vuestro. No he subido, pero subo. Es decir, me aparezco a ti en la carne, pero no me retengas, que no nos quedamos aquí, aquí no me puedes retener. Para la carne soy resbaladizo, la visito y me marcho, vengo y me voy. Apenas diez minutos después de comulgar, mi cuerpo ha dejado de estar en el tuyo, porque la carne no puede retenerme. Si alguna vez conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así (2Co, 5, 16).

Subo, sube tú conmigo, ya no desees los consuelos de esta tierra. Buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios (Col 3, 1). No consolaré tus sentidos, quedarán muertos y crucificados. Porque habéis muerto (v. 3). Muchos moriréis mártires. Pero llenaré tu alma de cielo. En el cielo podrás retenerme, porque vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (v. 3).

(TP01M)

El sol sale ¿para todos?

Cerca de donde vivo hay un restaurante llamado «El sol sale para todos». Es nombre largo para un restaurante. Los restaurantes suelen llamarse «Casa Pepe» o «La cocina». Ya está. Pero «El sol sale para todos» parece más un poema que un restaurante. Por eso la gente lo acaba llamando elsolsale. Se come bien allí, por cierto.

En todo caso, no parece que el sol salga para todos. O que todos quieran ver el sol. El evangelio de hoy es una postal en blanco y negro. En blanco, las mujeres: Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. Están bañadas en luz. Ha salido el Sol, Cristo, y brilla sobre ellas iluminando sus rostros con júbilos de cielo. En negro, los sumos sacerdotes: Dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles: «Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais». Son todo tinieblas y preocupación.

¿No es así todavía hoy? Ha amanecido, el Sol brilla en lo alto del cielo. Y ¡cuántas persianas bajadas para no dejar entrar la luz! Hasta que los despertemos.

En todo caso, el sol sale para todos.

(TP01L)

Una piedra corrida y un telón rasgado

Han sido tres días como tres siglos. Hemos oído rugir a las tinieblas, hemos visto morir de Amor a Dios. Pero si todo hubiese quedado ahí, si el telón hubiera caído cuando se terminó de sellar el sepulcro, estos días habrían sido un ejercicio de melancolía, y nosotros seríamos unos nostálgicos, unos románticos sin esperanza. Discípulos de un cadáver. Lo cierto es que, entonces, el telón cayó. Y el sábado quedó sumido en el silencio.

Pero anoche se rasgó el telón y estalló la luz. Acudimos al templo, se llenó de claridad la noche y, junto a la llama sagrada de un cirio encendido, se nos anunció la mayor de las noticias. ¡No está aquí! ¡Ha resucitado! El sepulcro está vacío.

Hace apenas unos días he podido comprobarlo una vez más. He entrado en ese sepulcro vacío y he besado la piedra. Sigue oliendo a vida. Toda la luz del cielo está entrando en la tierra por esa puerta abierta a la eternidad. Y el paso está franco para que podamos nosotros salir de esta tumba y conquistar el cielo.

¡Corre a comulgar! ¡Abrázalo! ¿No ves cómo, desde el altar, te busca con la mirada? ¿A qué esperas?

¡Feliz Pascua!

(TPA01)

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