Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Fiestas de la Virgen – Página 2 – Espiritualidad digital

Una rama verde en un árbol seco

Los árboles genealógicos van de arriba abajo (como el que nos ofrece hoy san Mateo), o de abajo arriba (como el de san Lucas), pero siempre en vertical. Por eso es curioso el quiebro que san Mateo realiza en la última parte:

José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

De repente, en el descenso a través de ese árbol, se injerta una rama que altera el orden de la semilla del varón y da fruto por sí misma. Esa rama se llama María. Fue injertada en el árbol por el propio Dios, y su fruto, el fruto de su vientre, es Jesús.

Hay más peculiaridades. Mientras el injerto natural es vivificado por el árbol, este injerto divino está llamado a vivificar y purificar un árbol manchado por el pecado.

José, hijo de David, no temas acoger a María. Se lo dice el ángel a José. Pero, a través del ángel, Dios le está diciendo al árbol: No temas acoger esta rama inmaculada, porque su fruto te sanará.

Y nos lo dice también a nosotros. Acoge a María, porque la devoción a la Virgen purifica el corazón y limpia la vida. Ella te traerá a Cristo.

(0809)

De esclavos y reyes

consorteSorprende que, en el día en que veneramos a la santísima Virgen como reina, la sagrada liturgia nos presente un pasaje en el que ella se llama a sí misma esclava:

He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.

Hace más de treinta años escogí esa frase como lema de mi ordenación sacerdotal y mi primera misa. Y no puedo estar más satisfecho de ello. La Virgen me ha protegido mucho. Pero es cierto que los reyes tienen súbditos, mientras los esclavos tienen amos. ¿En qué quedamos? ¿Reina o esclava?

Reina por ser esclava. Y esclava por Amor. Dulce esclavitud, en la que el corazón se rinde a la ternura de Dios y se entrega por completo. Y se postran el entendimiento y la voluntad ante la grandeza del Bien supremo. Se encuentra entonces, como perla escondida, la verdadera humildad, que no viene del desprecio de uno mismo, sino del hallazgo gozoso de esa grandeza que te hace sentir la más pequeña y agraciada de las criaturas.

Entonces, viéndola así por Amor postrada, Dios mismo la ensalzó y convirtió a la esclava en reina. Reina de cielos y tierra. Tierra donde, paradojas, tantos reyes son esclavos.

(2208)

La película que nunca se hará

Me gusta el cine, pero no sé hacer películas. También me gusta ver la hora, aunque no sé hacer relojes. A pesar de todo, si tuviera que realizar una película sobre la Virgen, la primera escena sería la más difícil: la presentaría en el cielo, sentada junto a su Hijo, con el rostro radiante de felicidad. Y, tras esa presentación, la película sería un flashback. ¿Cómo llegó a ese maravilloso destino?

Ahora, las escenas:

Una niña inmaculada, hermosísima, pero no con la hermosura sintética de la báscula y el bronceado, sino con la hermosura con que un alma limpia brilla en los ojos e ilumina el rostro.

Una joven arrebatada en amor, y por amor virgen con la virginidad apasionada de la enamorada de Dios.

Una madre que adora a su Hijo, que derrama lágrimas mientras calza y besa el pie de su Amor.

Una mujer herida y serena que acompaña al Hijo mientras Él extiende los brazos como alas para volar al cielo.

Una mujer dichosa que abraza al Hijo resucitado en la mañana de un domingo radiante.

Una mujer que es llevada al cielo, porque su Hijo no quiere cielo si mamá no está con Él.

The end.

(1508)

En el templo está Jesús

Por dos veces se refiere san Lucas al modo en que la Virgen guardaba todo en el corazón. La primera es en Belén, tras la visita de los pastores. La segunda tiene lugar cuando, al cabo de tres días, José y ella encuentran al Niño perdido en el templo.

Su madre conservaba todo esto en su corazón.

Precisamente por eso, porque aquella alma contemplativa guardaba en el silencio de su corazón, como palabras venidas de Dios, los acontecimientos de su vida, debió entender que, en adelante, si sentía la angustia por la ausencia de su Hijo, lo encontraría en el templo. Es decir, en su propio corazón inmaculado, que era el santuario más precioso de la divina gracia. Apréndelo también tú. Cuando te parezca que has perdido de vista a Jesús, busca en lo profundo de tu alma en gracia y lo encontrarás.

También por eso, María vivió el Sábado Santo recogida en su inmaculado corazón. Allí seguía, dormido, como dormido estaba en lo profundo de la tierra, su Hijo. Y, una vez más, lo recobraría despierto al tercer día. Entonces comprendió que aquellos tres días en que perdió a Jesús en Jerusalén eran anuncio de su muerte y resurrección.

(ICM)

Madre no hay más que una

Fue san Pablo VI quien quiso que María fuera invocada como madre de la Iglesia. Ese título no es una analogía ni una metáfora. Porque, analogías y metáforas aparte, madre no hay más que una. Cuando yo era niño, los yernos llamaban «mamá» a la suegra. Hace tiempo que no escucho a ningún yerno tomarse esas confianzas. Pero María no es una suegra simpática. Es madre. Verdadera madre.

Mujer, ahí tienes a tu hijo. Eso se lo dice la partera a la mamá cuando le entrega al niño recién nacido. Y el rostro de la mamá se ilumina, y sus brazos se extienden para abrazar a la criatura salida de sus entrañas.

Mujer, ahí tienes a tu hijo. Lo acabas de engendrar entre fuertes dolores. Porque los dolores del Calvario no eran sino dolores de parto. Todos los sufrimientos del Hijo resonaron en el corazón inmaculado de la madre. Y ella dio a luz a la eternidad al Cristo total, cabeza y cuerpo, que rasgaba su corazón según nacía con el dolor de siete espadas.

Mujer, ahí tienes a tu hijo. Míralo, lo has dado a luz, ya es un cristiano. Lo dice por la Iglesia. Lo dice por mí.

(MMI)

La doble visitación

Segundo misterio: la Visitación de María a su prima Isabel. 31 de mayo: La Visitación de la bienaventurada Virgen María.

Olvidamos algo. La visita es doble, a Isabel se le llenó la casa.

Se llenó Isabel del Espíritu Santo. ¿Acaso esa visita es menos importante? El gran Visitador, el Espíritu, primero había visitado a María y había depositado en sus entrañas al Verbo divino. Y ahora visita el alma y el vientre de Isabel. El alma la llena de gozo, y en el vientre hace bailar por soleares al pequeño Juan. ¿Lo libró entonces del pecado original? Algunos lo dicen. Yo no lo sé.

¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Esas palabras no se explican si no es por una inspiración del Paráclito. Está llamando «Señor» al Hijo de María; se está adelantando al concilio de Éfeso y proclamando a la Virgen madre de Dios.

Visitación, sí. ¡Pero menuda visitación! Abre las puertas del alma. Echa de casa, con una buena confesión, a todos esos mercaderes que son tus pecados, y que te visiten la Virgen y el Paráclito. Verás qué alegría.

(3105)

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