«Si me acuesto en el abismo, allí te encuentro»

Muchas veces los sacerdotes tenemos que escuchar a personas quejarse de que Dios los ha abandonado. En alguna ocasión he sentido deseos de responder: «Me estás contando los pecados de Dios. Debería ser Dios quien viniera a confesarse: “Me acuso de haber abandonado al pobre Pancracio; estaba tan ocupado que me olvidé de él”». No lo digo, porque detrás de esas quejas hay mucho sufrimiento. Aunque no siempre esté justificado. Hay sufrimientos muy santos, y penas muy inútiles que más nos valdría quitarnos de encima.

El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día.

¡Cuántas veces anunció Jesús a sus apóstoles su propia Pasión! Y, con todo, cuando llegó el momento, los cogió desprevenidos. ¿De quién fue la culpa? ¿Quién debería confesarse?

Mirad mucho al Crucifijo. Hasta que entendáis. El mundo nos puede abandonar, la vida nos puede moler a palos, los hombres nos pueden despreciar o traicionar… pero Dios no nos abandona nunca. Hasta cuando decimos «Dios me ha abandonado» se acerca Cristo a gritar lo mismo junto a nosotros desde la Cruz. ¿Para qué? Para que no estemos solos ni cuando gritamos eso.

(TOP25V)