A finales del pasado siglo sufrimos toda una revolución de la insolencia. Se perdió el respeto a lo sagrado, se retiraron imágenes de los templos, se introdujeron en las celebraciones ritmos propios de salas de fiesta y se profanó la liturgia oficial. Todo un desmoronamiento. Aún tardaremos años en recoger los escombros y devolver cada piedra a su sitio.
Todavía muchos entran en la iglesia como Pedro por su casa. Sin guardar silencio, sin cuidar la vestimenta… Pedro olvida que, efectivamente, es «su casa», pero no porque le pertenezca, sino porque es la casa de Dios, su Padre.
A Pedro hay que recordarle que esa casa es el Palacio del Rey. Y que, aunque el Rey sea su Padre, es preciso guardar la debida reverencia y respetar los protocolos.
Porque sólo cuando se cruzan las puertas del templo con reverencia y temor de Dios se descubre allí un hogar. El fuego está en el sagrario y la mesa en el altar. Ante esa hoguera nos postramos para caldear el alma, y a esa mesa nos acercamos para ser alimentados con el pan de los hijos.
No lo olvides, Pedro. Es la casa de tu Padre. Y tu Padre es Dios.
(0911)











