La cicuta de Sócrates y las lágrimas de Jesús

A Jesús lo llamaban «Maestro». Y lo era. Pero era mucho más que eso. Sócrates era un maestro. Y, antes de morir, llamó a sus alumnos y les estuvo impartiendo una lección sobre la inmortalidad del alma hasta que la cicuta hizo su benéfico efecto y puso el punto final a la clase. Sócrates era un pesado.

Jesús también tuvo un último encuentro con sus apóstoles –no alumnos, sino apóstoles–. Y no lo dedicó a impartir lecciones, porque no era un pesado. Lo dedicó a hablar de Amor. Les dijo lo mucho que los quería, y les pidió que permanecieran en su Amor. Jesús venció por goleada a Sócrates en humanidad. Como hombre, me siento mucho más en casa ante el discurso de despedida de Cristo que ante todas las lecciones de Sócrates.

Si me amáis, guardaréis mis mandamientos… No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros… El que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.

¡Es tan normal! ¡Y, a la vez, tan sobrenatural! «Me marcho, pero quiero seguir a tu lado. Quiéreme, guarda mis palabras, abrázate a ellas y seguiremos juntos. No te separes de Mí».

¡Tan sencillo!

(TPA06)